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miércoles, 18 de mayo de 2011

Mi nuevo héroe: Gianandrea Noseda (Requiem de Verdi en Castellón)


Miércoles 18 de mayo, ocho de la tarde, Requiem de Verdi en el Auditorio de Castellón. En un alarde de maldad y de falta de respeto hacia el público que deja a la pobre Helga a la altura de un osito amoroso, los organizadores tienen a bien incluir en el programa de mano a la soprano georgiana Tamar Iveri en lugar de a la anunciada Sondra Radvanovsky. Sin una mísera nota pidiendo disculpas o explicando el motivo de la supuesta sustitución, que al parecer conocían con suficiente antelación como para incluir en el programa a la sustituta pero que no anunciaron. Helga, aprende, esto es una gestión malvada e irrespetuosa de verdad.

El resto del reparto, tal y como estaba anunciado, lo formaban el bajo Ildar Abdrazakov, la mezzo Daniela Barcelllona y el tenor Maksim Aksenov, junto a la Orquesta y el Coro del Teatro Regio de Turín y la batuta de su director titular, Gianandrea Noseda.

Salen a escena los miembros de la orquesta, los del coro, los cantantes solistas y, tras unos incomprensibles minutos, el director. Aplausos de cortesía y empieza a sonar la música, poco a poco, en pianísimo. Entra el coro y de repente... suena un móvil. Noseda manda parar a los músicos, se gira en el podio y pide al público que apague los móviles (algo que ya se había pedido previamente por megafonía). Bien por Noseda. Aplausos de nuevo y vuelta a empezar. Levanta la batuta, las cuerdas atacan el pianísimo y... ¡vuelve a sonar el mismo móvil! Y Noseda deja la batuta en el atril y, sin mirar atrás, sale del escenario con gesto de indignación. ¡Bien por Noseda one more time!

Lo mejor fue ver como, tras la "espantá" de Noseda, muchos a mi alrededor sacaron sus móviles de los bolsillos y los apagaron. Se ve que el primer aviso del director no había sido suficiente para convencerles de que lo hicieran.

Tras unos minutos, el director regresa, visiblemente enfadado y el Requiem acaba llevándose a cabo sin más sorpresas hasta el final, en el que, cuando aún está la última nota flotando en el aire, un energúmeno grita un ¡Viva Verdi! que es secundado por breves aplausos por parte de sus vecinos de butaca. Afortunadamente el grueso del público no sigue esta exaltación de verdianismo extemporáneo y permanece en silencio unos segundos más hasta que, por fin, rompe a aplaudir. Pero el hechizo ya estaba roto, y la cara de Gianandrea Noseda cuando se gira para recibir los aplausos es un poema. Un poema trágico, concretamente.

Comentaré el concierto brevemente: Noseda se lució con una dirección estupenda, quizá algo excesiva en el Dies Irae (lo que para mí no es nada malo, excesivófilo que es uno). Mantuvo el dramatismo desde el primer al último compás, a pesar de todos los contratiempos, y supo dar a la partitura los matices necesarios de forma coherente. De entre los solistas, Daniela Barcellona estuvo tan bien como es habitual en ella, Ildar Abdrazakov no me hizo cambiar la opinión que me formé de él en su reciente Mefistofele de Les Arts (buen cantante, voz bonita pero clara y volumen justito) y Maksim Asenov, a quien no conocía y que debutaba en España con este Requiem, me pareció un tenor lírico muy del montón, con la voz totalmente atrás excepto en el agudo (el típico defecto de tantos cantantes rusos). Por último, Tamar Iveri, la encargada de llenar el hueco de Sondra Radvanovsky, no la hizo nada mal, y aunque en ningún momento nos hizo olvidar a la americana, lo cierto es que disfrutamos oyéndola cantar con una voz sana y jóven de centro carnoso y presencia tímbrica.

Supongo que, al acabar el concierto, Gianadrea Noseda le habrá pedido a su manager que apunte el nombre de esta ciudad en su lista negra para no volver jamás, y habrá hecho bien. Es un director con un gran presente y un esperanzador futuro y quien sale perdiendo de este desencuentro no es él, a quien no le faltarán compromisos, sino nosotros, por maleducados y por cafres. Pero, pese a todo, me ha gustado que alguien, por fin, haya puesto la cara roja de vergüenza a aquellos de entre el público que no conocen el respeto hacia los demás ni hacia quienes intentan llevar a cabo su trabajo sobre el escenario de la mejor manera posible. Si hasta ahora lo consideraba un gran director, desde este momento pasa a ser un héroe para mí.

jueves, 28 de abril de 2011

Mefistofele de Boito en Les Arts


No me gustan las versiones concierto, vaya por delante. La escena es un porcentaje importante de la totalidad de la obra de la misma forma que la interpretación es una parte importante del canto operístico, y eso sólo se puede apreciar de verdad en una función escenificada. A punto estuvo este factor, junto al pésimo sonido del auditorio en el que se representó este Mefistofele y el elevado precio de las entradas con buena sonoridad, de dejarme en casa. Pero al final hubo otro factor que pesó más, el hecho de que la obra representada fuese una de mis favoritas y de que es poco probable que vuelva a tener la ocasión de escucharla en directo, mucho menos acompañada por una puesta en escena. Al menos en el previsible futuro de Traviatas, Toscas, Butterflies y demás que se cierne sobre Les Arts.

Mefistofele es, como ya he dicho, una obra por la que siento una especial debilidad. Se trata de una obra irregular, con momentos muy bellos y otros más vulgares, que combina el efectismo con la delicadeza, el canto exaltado con el recogimiento, todo ello tomando como base un libreto que, debido a la sustanciosa mutilación a la que le sometió el autor después del fracaso de su estreno, presenta las diferentes escenas como cuadros inconexos y dificilmente comprensibles para quien no tenga un conocimiento previo de la historia de Fausto. Quizá por esto sea una obra que se adecua especialmente a las versiones concierto, como también lo hace otra de mis obras favoritas de similar temática, La damnation de Faust de Berlioz.

El primer requisito para que una representación de Mefistofele sea exitosa es contar con una buena orquesta y un buen coro, algo que daba por descontado, aunque con la duda de cómo respondería la Orquestra de la Comunitat Valenciana a las órdenes del director Nicola Luisotti. Afortunadamente, lo hizo muy bien. Luisotti es un director enérgico (sin llegar a la exageración del futuro titular de la orquesta) pero de gesto claro, que supo encontrar en todo momento el tempo adecuado y jugó con las dinámicas a la perfección. Se le veía contento con el sonido que estaba extrayendo de la orquesta, disfrutando en el podio y entregándose. Me gustó mucho su labor, ojalá vuelva a vérsele más a menudo por Les Arts. Como única pega, un exceso de decibelios en el prólogo y el primer acto que corrigió rápidamente y al que sólo volvió al final del epílogo, en un final espectacular en el que el pobre Abdrazakov quedó tapado por completo.

El Cor de la Generalitat Valenciana, estupendo en toda la obra, fue quien se encargó de poner esos decibelios extra, algo de lo que hay que culpar a Luisotti y no a ellos, pues demostraron sobradamente que saben cantar tan bien en fortissimo como en pianissimo y en toda la gama intermedia. Supongo que Luisotti pensó que, con un coro tan bueno, quién necesita solistas. Y la verdad, no le culpo. Algo menos me gustó la Escolania de la Mare de Déu dels Desamparats, cuya intervención, también hay que decirlo, es posiblemente lo más flojo de la partitura.

Pasando a los solistas, tenía miedo de que tanto el bajo como el tenor elegidos para los papeles principales fuesen poco adecuados por tratarse de voces pequeñas, especializadas en repertorio belcantista, que se enfrentan a una obra con una orquestación densa y una línea de canto más cercana al último Verdi o al primer Puccini que a Donizetti y similares. Algo de razón tenían mis sospechas. Sobre las sopranos, dado que no conocía a ninguna de las dos, podía esperarse tanto lo mejor como lo peor, que de todo nos ha traído Helga, y esta vez nos trajo una de cada.

Ildar Abdrazakov es un buen bajo, elegante y buen fraseador, pero no es voz para Mefistofele, pues este papel requiere un volumen y una rotundidad, sobre todo en los graves, que le son completamente ajenos. De hecho, intentando sonar como el bajo que no es, falseó con frecuencia su registro medio y grave, lo que restaba belleza y credibilidad a su canto. Aún así, su actuación fue muy buena y en los fragmentos en los que se encontraba más cómodo y en los que no tenía que luchar contra el volumen de la orquesta demostró ser un muy buen cantante. Me gustaría volver a escucharlo en un papel en el que se encontrase más cómodo, como en el Moïse et Pharaon de Rossini que va a cantar en Roma bajo la batuta de Riccardo Muti. También va a cantar el Procida de I vespri siciliani en Turín, papel que tampoco me parece el más indicado para su voz.

Ramón Vargas cuenta con el mismo handicap que Abdrazakov, pues se trata de un lírico-ligero cantando un papel compuesto para un lírico pleno; uno que, además pueda hacerse oir por encima de la orquesta. Como ya dije cuando comenté su reciente Nemorino de L'Elissir d'Amore, su voz ya no es la de hace años, ha perdido brillo y facilidad para los agudos, pero el arte sigue estando ahí. Empezó bastante flojo, incómodo y demasiado precavido en Dai campi, dai prati. El fraseo se resentía y los agudos parecían costarle y cuando salían estaban estrangulados. Sin embargo, todo mejoró a partir del segundo acto y sus dúos con Margherita y Helena fueron muy buenos. Cerró la obra mucho más cómodo y entregado, cantando muy bien el aria Giunto sul passo estremo. Aún así, el de Fausto es un papel que excede las posibilidades de su voz.

El papel de Margherita corrió a cargo de la soprano canadiense Yannick-Muriel Noah, una joven y desconocida cantante que me gustó bastante y me dejó con ganas de volver a escucharla. Su voz, a diferencia de las de sus partenaires masculinos, sí es adecuada para el papel que interpretó. Se trata de una voz ancha, con mucho cuerpo, pastosa y oscura aunque algo entubada, algo habitual en cantantes negras, no sé si por escuela o por genética. A mí me suelen gustar este tipo de voces, lo que posiblemente me predispuso en cuanto abrió la boca a disfrutar con su canto y así lo hice. En su aria L'altra notte in fondo al mare estuvo muy expresiva y demostró ser capaz de matizar y tener un buen control del fiato. No hizo los trinos, pero ¿quién los hace? Ah, sí, la Callas. Y la Caballé, vale. Bueno, reestructuramos la frase: No hizo los trinos, pero la Tebaldi tampoco los hacía y no pasaba nada.

La venezolana Lucrezia García cantó el papel de Helena demostrando que va sobrada de voz. Va tan sobrada que tiene dos, totalmente desconectadas entre sí. Y aparte del volumen, no pude encontrar en ninguna de ellas muchos aspectos destacables. Correcta pero poco expresiva, sacó adelante su papel y ya está.

Maria Luisa Corbacho y Javier Agulló, secundarios habituales en Les Arts, cantaron sin problemas sus breves dobles papeles de Marta y Pantalis y de Wagner y Nereo respectivamente.

Se me olvidaba comentar que durante toda la representación hubo un obvio pero interesante juego de luces (azul para los coros celestiales, rojo para Mefistofele) que ayudó a ambientar la escena, y que cada vez que cantaban las falanges celestes alguien tuvo la idea de introducir sonidos pregrabados de truenos, en plan Culshaw en el Ring de Solti. Cuando sonó la primera vez, y estando yo sentado como estaba al lado de un altavoz, dí tal bote en mi butaca que creía que me iban a tener que bajar del techo con una carretilla elevadora. Pero pese a los rayos y truenos, fue una gran noche de ópera. Eso sí, habrá que ver qué títulos propone Helga para futuras versiones en concierto, porque o son muy de mi agrado o a mí en ese auditorio de pésima sonoridad no me vuelven a ver el pelo.

PS: Para Assai, que me comentó que no conocía el DVD de Mefistofele con Samuel Ramey y la producción de Carsen (¡imprescindible!), he encontrado la obra entera con subtítulos en español en Youtube. Aquí tienes el primero de los doce vídeos en los que está dividida.


Vídeo de MrMosquiz