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domingo, 12 de junio de 2011

Fidelio vuelve a Les Arts


Fidelio es una ópera a la que tengo mucho cariño desde siempre. Ese cariño incrementó cuando fue la elegida para inaugurar el Palau de les Arts en el 2005, con una serie de funciones que alcanzaron un nivel elevadísimo. Ahora, seis años después, Fidelio vuelve a Les Arts y aunque mi cariño hacia este título sigue siendo el mismo o mayor, hay que analizar los cambios que ha sufrido el reparto, a priori de inferior categoría, para ver si el nivel se ha mantenido.

Para empezar, si en la inauguración del Palau todos quedamos sorprendidos con la excepcional calidad de la Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat Valenciana, ayer demostraron que en estos años esa calidad no ha hecho más que ir en aumento. Pocos pueden dudar de que estas formaciones, hoy por hoy, estén al nivel de otras de mucho más renombre y de mayor tradición en el continente europeo. Y seguramente, quienes lo duden tendrán motivos que poco tienen que ver con lo musical. Desgraciadamente, ya se oyen voces que anuncian la marcha de parte de los miembros de la orquesta debido a la mala gestión de la misma. Ojalá no sea así, porque uno de los principales motivos para acudir a Les Arts cada vez que se programa una ópera, aunque sea un título poco interesante y el reparto sea mediocre, es la calidad asegurada de sus cuerpos estables.

Zubin Mehta volvió a demostrar que le tiene cogido el pulso a Fidelio y a la orquesta. Se le suele acusar de ser un director superficial, efectista y de abusar del volumen orquestal sin tener en cuenta a los cantantes, pero ayer, tal y como pasó hace seis años, no hubo nada de eso. La música de Beethoven sonó a Beethoven del bueno, del de la vieja escuela, con tensión de principio a fin, sin desparrames ni explosiones orquestales de dudoso gusto. Salvo en desajustes puntuales durante la obertura de la ópera, la orquesta respondió a sus exigencias con precisión y con un sonido espectacular. Como ya se ha comentado en blogs, foros y prensa, la obertura Leonora III que se interpreta en el segundo acto es el mejor momento de la noche y unos de los mejores de la corta historia de Les Arts. Ya lo fue en el Fidelio del 2005 y lo vuelve a ser ahora, quizás con un sonido aún más depurado.

Como ya hemos dicho, el handicap de este Fidelio está en su reparto, menos atractivo que el del 2005. Ni Jennifer Wilson es Waltraud Meier, ni Stephen Milling es Matti Salminen. Peter Seiffert sí que es Peter Seiffert, pero con seis años más a cuestas, y además seis años en los que ha cantado Tristan, Tannhäuser, Parsifal... Vamos a ver cómo resultaron estos cambios respecto al Fidelio que muchos teníamos idealizado en nuestra memoria.


Empezaremos por el único que repetía, Peter Seiffert. Sorprendentemente, lo encontré mejor incluso que en su Florestan de hace seis años, con un vibrato ancho presente pero menos pronunciado que en aquella ocasión. Demostró que sigue siendo la referencia actual en este papel, con una línea de canto esculpida con clase, llena de detalles y de gran intensidad dramática. Su voz sigue sonando joven por timbre, homogeneidad y potencia, a pesar del ya mencionado vibrato. Es un tenor que me gusta mucho y ayer volvió a darme motivos para seguir teniéndolo entre mis preferidos.

Sin embargo, Jennifer Wilson, que tenía por delante el difícil reto de competir contra el recuerdo de Waltraud Meier, no sólo no consiguió hacer que nos olvidáramos de la alemana, sino que ni tan siquiera sacó adelante el papel de forma satisfactoria. Yo, que quedé encantado con su Brünnhilde en el Anillo de la Fura (por fin una Brünnhilde que cantaba y no gritaba), que la defendí frente a quienes la encontraban fría (aún hoy sigo diciendo que de eso nada), llegué a Les Arts predispuesto a disfrutar con su actuación a pesar de posibles defectos, pero lo cierto es que salí muy decepcionado. Aunque empezó bien, imponiéndose en el canon del primer acto por sus innegables cualidades vocales, fracasó en su aria al atragantársele las agilidades. Aparte del hecho mismo de no superar esta dificultad, el esfuerzo que realizó intentándolo hizo que llegara al agudo a trompicones y pasó lo que tenía que pasar, lo resolvió gritando. No me lo podía creer, alguien capaz de cantar todas las notas de las tres jornadas del Anillo (repito: cantar) estaba gritando. ¡Qué decepción! En el entreacto pensé que quizá en su dúo con Florestan, por el tipo de escritura más "wagneriana", se encontraría más cómoda y así fue, lo cantó correctamente, pero sus intervenciones previas a ese dúo volvieron a estar llenas de gritos y agilidades mal resueltas. Dramáticamente, quienes la encontraron fría en el Anillo la volverán a encontrar fría aquí, pero qué queréis que os diga, yo no busco calidez en la ópera, lo que busco es canto de calidad. Como Brünnhilde lo ofreció y sigo recordándola con admiración. Como Leonore no, y de ahí y sólo de ahí que me llevase una decepción. No es este un papel que se adapte a sus medios y debería plantearse retirarlo y centrarse en aquellos que más le convienen.


Stephen Milling no nos hizo olvidar a Salminen pero tampoco nos hizo añorarlo. Simplemente, nos ofreció otra concepción de Rocco, más humana, menos imponente. A su voz, de gran calidad y calidez, se une un cuidado en la línea de canto y una atención al detalle que hizo que el conjunto de su actuación resultase modélico. Estuvo al nivel de su Gurnemanz, aunque el papel de Rocco tenga menos miga en comparación.

Yevgueni Nikitin era el único que partía con ventaja, pues en el Fidelio del 2005 el papel de Don Pizarro fue cantado de forma deficiente por Juha Uusitalo (posteriormente, su Wotan estuvo mucho mejor). Pues, aunque su voz es mucho más atractiva y tiene más volumen que la del finlandés, lo cierto es que en la primera de sus intervenciones anduvo más perdido que Andy y Lucas en una biblioteca y luego no supo levantar el papel. Qué lástima, dos Pizarros en la historia de Les Arts y dos fiascos.

Bien sin más estuvo Sandra Trattnigg como Marzelline, con unos medios vocales más bien limitados y mejor Karl-Michael Ebner como Jaquino, de quien podría decirse lo mismo. De los dos prisioneros que cantan durante el coro del primer acto, mejor el tenor Javier Agulló que el bajo Mika Kares.

Por último, me alegré de poder escuchar al veterano Robert Lloyd en el brevísimo papel de Don Fernando. La verdad es que me lo esperaba con la voz en peores condidiones y lo encontré bien, muy entero y haciendo gala de su gran carisma sobre las tablas. No creo que esté para cantar mucho más, pero como Don Fernando es todo un lujo su presencia.

Sobre la puesta en escena de Pier'Alli, he de decir que, o bien ha cambiado en muchos aspectos desde su estreno, o bien yo la recordaba como menos lograda, porque lo cierto es que me volvió a gustar y yo creía que esta vez no lo iba a conseguir. Estéticamente es muy atractiva, pero yo la recordaba como estática y ajena a la dirección de actores. y sí, hay estatismo (epecialmente en el coro del segundo acto), hay cantantes plantados en la boca del escenario cantando su aria sin moverse, pero también hay aciertos, como la iluminación o las proyecciones y en conjunto no está nada mal.

jueves, 28 de abril de 2011

Mefistofele de Boito en Les Arts


No me gustan las versiones concierto, vaya por delante. La escena es un porcentaje importante de la totalidad de la obra de la misma forma que la interpretación es una parte importante del canto operístico, y eso sólo se puede apreciar de verdad en una función escenificada. A punto estuvo este factor, junto al pésimo sonido del auditorio en el que se representó este Mefistofele y el elevado precio de las entradas con buena sonoridad, de dejarme en casa. Pero al final hubo otro factor que pesó más, el hecho de que la obra representada fuese una de mis favoritas y de que es poco probable que vuelva a tener la ocasión de escucharla en directo, mucho menos acompañada por una puesta en escena. Al menos en el previsible futuro de Traviatas, Toscas, Butterflies y demás que se cierne sobre Les Arts.

Mefistofele es, como ya he dicho, una obra por la que siento una especial debilidad. Se trata de una obra irregular, con momentos muy bellos y otros más vulgares, que combina el efectismo con la delicadeza, el canto exaltado con el recogimiento, todo ello tomando como base un libreto que, debido a la sustanciosa mutilación a la que le sometió el autor después del fracaso de su estreno, presenta las diferentes escenas como cuadros inconexos y dificilmente comprensibles para quien no tenga un conocimiento previo de la historia de Fausto. Quizá por esto sea una obra que se adecua especialmente a las versiones concierto, como también lo hace otra de mis obras favoritas de similar temática, La damnation de Faust de Berlioz.

El primer requisito para que una representación de Mefistofele sea exitosa es contar con una buena orquesta y un buen coro, algo que daba por descontado, aunque con la duda de cómo respondería la Orquestra de la Comunitat Valenciana a las órdenes del director Nicola Luisotti. Afortunadamente, lo hizo muy bien. Luisotti es un director enérgico (sin llegar a la exageración del futuro titular de la orquesta) pero de gesto claro, que supo encontrar en todo momento el tempo adecuado y jugó con las dinámicas a la perfección. Se le veía contento con el sonido que estaba extrayendo de la orquesta, disfrutando en el podio y entregándose. Me gustó mucho su labor, ojalá vuelva a vérsele más a menudo por Les Arts. Como única pega, un exceso de decibelios en el prólogo y el primer acto que corrigió rápidamente y al que sólo volvió al final del epílogo, en un final espectacular en el que el pobre Abdrazakov quedó tapado por completo.

El Cor de la Generalitat Valenciana, estupendo en toda la obra, fue quien se encargó de poner esos decibelios extra, algo de lo que hay que culpar a Luisotti y no a ellos, pues demostraron sobradamente que saben cantar tan bien en fortissimo como en pianissimo y en toda la gama intermedia. Supongo que Luisotti pensó que, con un coro tan bueno, quién necesita solistas. Y la verdad, no le culpo. Algo menos me gustó la Escolania de la Mare de Déu dels Desamparats, cuya intervención, también hay que decirlo, es posiblemente lo más flojo de la partitura.

Pasando a los solistas, tenía miedo de que tanto el bajo como el tenor elegidos para los papeles principales fuesen poco adecuados por tratarse de voces pequeñas, especializadas en repertorio belcantista, que se enfrentan a una obra con una orquestación densa y una línea de canto más cercana al último Verdi o al primer Puccini que a Donizetti y similares. Algo de razón tenían mis sospechas. Sobre las sopranos, dado que no conocía a ninguna de las dos, podía esperarse tanto lo mejor como lo peor, que de todo nos ha traído Helga, y esta vez nos trajo una de cada.

Ildar Abdrazakov es un buen bajo, elegante y buen fraseador, pero no es voz para Mefistofele, pues este papel requiere un volumen y una rotundidad, sobre todo en los graves, que le son completamente ajenos. De hecho, intentando sonar como el bajo que no es, falseó con frecuencia su registro medio y grave, lo que restaba belleza y credibilidad a su canto. Aún así, su actuación fue muy buena y en los fragmentos en los que se encontraba más cómodo y en los que no tenía que luchar contra el volumen de la orquesta demostró ser un muy buen cantante. Me gustaría volver a escucharlo en un papel en el que se encontrase más cómodo, como en el Moïse et Pharaon de Rossini que va a cantar en Roma bajo la batuta de Riccardo Muti. También va a cantar el Procida de I vespri siciliani en Turín, papel que tampoco me parece el más indicado para su voz.

Ramón Vargas cuenta con el mismo handicap que Abdrazakov, pues se trata de un lírico-ligero cantando un papel compuesto para un lírico pleno; uno que, además pueda hacerse oir por encima de la orquesta. Como ya dije cuando comenté su reciente Nemorino de L'Elissir d'Amore, su voz ya no es la de hace años, ha perdido brillo y facilidad para los agudos, pero el arte sigue estando ahí. Empezó bastante flojo, incómodo y demasiado precavido en Dai campi, dai prati. El fraseo se resentía y los agudos parecían costarle y cuando salían estaban estrangulados. Sin embargo, todo mejoró a partir del segundo acto y sus dúos con Margherita y Helena fueron muy buenos. Cerró la obra mucho más cómodo y entregado, cantando muy bien el aria Giunto sul passo estremo. Aún así, el de Fausto es un papel que excede las posibilidades de su voz.

El papel de Margherita corrió a cargo de la soprano canadiense Yannick-Muriel Noah, una joven y desconocida cantante que me gustó bastante y me dejó con ganas de volver a escucharla. Su voz, a diferencia de las de sus partenaires masculinos, sí es adecuada para el papel que interpretó. Se trata de una voz ancha, con mucho cuerpo, pastosa y oscura aunque algo entubada, algo habitual en cantantes negras, no sé si por escuela o por genética. A mí me suelen gustar este tipo de voces, lo que posiblemente me predispuso en cuanto abrió la boca a disfrutar con su canto y así lo hice. En su aria L'altra notte in fondo al mare estuvo muy expresiva y demostró ser capaz de matizar y tener un buen control del fiato. No hizo los trinos, pero ¿quién los hace? Ah, sí, la Callas. Y la Caballé, vale. Bueno, reestructuramos la frase: No hizo los trinos, pero la Tebaldi tampoco los hacía y no pasaba nada.

La venezolana Lucrezia García cantó el papel de Helena demostrando que va sobrada de voz. Va tan sobrada que tiene dos, totalmente desconectadas entre sí. Y aparte del volumen, no pude encontrar en ninguna de ellas muchos aspectos destacables. Correcta pero poco expresiva, sacó adelante su papel y ya está.

Maria Luisa Corbacho y Javier Agulló, secundarios habituales en Les Arts, cantaron sin problemas sus breves dobles papeles de Marta y Pantalis y de Wagner y Nereo respectivamente.

Se me olvidaba comentar que durante toda la representación hubo un obvio pero interesante juego de luces (azul para los coros celestiales, rojo para Mefistofele) que ayudó a ambientar la escena, y que cada vez que cantaban las falanges celestes alguien tuvo la idea de introducir sonidos pregrabados de truenos, en plan Culshaw en el Ring de Solti. Cuando sonó la primera vez, y estando yo sentado como estaba al lado de un altavoz, dí tal bote en mi butaca que creía que me iban a tener que bajar del techo con una carretilla elevadora. Pero pese a los rayos y truenos, fue una gran noche de ópera. Eso sí, habrá que ver qué títulos propone Helga para futuras versiones en concierto, porque o son muy de mi agrado o a mí en ese auditorio de pésima sonoridad no me vuelven a ver el pelo.

PS: Para Assai, que me comentó que no conocía el DVD de Mefistofele con Samuel Ramey y la producción de Carsen (¡imprescindible!), he encontrado la obra entera con subtítulos en español en Youtube. Aquí tienes el primero de los doce vídeos en los que está dividida.


Vídeo de MrMosquiz

martes, 30 de noviembre de 2010

La Aida de Maazel

La Aida que se representó el domingo en el Palau de les Arts no era la de Verdi, por mucho que aparezca el nombre del compositor italiano en los carteles, sino la de Maazel. En todo caso, habría que decir algo así como "adaptación de la obra original de Giuseppe Verdi". Dicho esto, entiendo perfectamente la estupefacción e incluso las reacciones negativas que uno puede leer por esos cibercampos del señor, ya que quien espere encontrarse con la Aida de Verdi se puede llevar un chasco. Sin embargo, los que seguimos a Maazel desde hace años nos hemos ido acostumbrando a su peculiar manera de dirigir hasta llegar a una devoción absoluta. Somos maazeladictos y se lo permitimos todo.

Lorin Maazel inicia el que será su último año al frente de la orquesta que él mismo creó dando una vuelta de tuerca más a su peculiar concepto de dirección con tempi lentísimos pero intensos que permiten el lucimiento orquestal (el sonido que consigue esta formación es bellísimo) y que pone en más de un apuro a coro y solistas. E incluso al publico: hubo varios momentos ayer en los que yo mismo no sabría decir si hubo desajustes en la entrada del coro y de algunos solistas o fue mi mente la que era incapaz de seguir el ritmo tan pausado de la batuta y se adelantaba a los acontecimientos. Como tantas veces sucede en Les Arts, lo mejor de la función fueron la orquesta y el coro. Éste último se luce especialmente en el delicadísimo e hiper-ralentizado interno del primer acto, cuadro segundo.

En cuanto a los solistas, destacó la Amneris de Daniela Barcellona, que está debutando el papel en estas funciones. Quizá defraudará a los amantes de las grandes voces verdianas pues ni por volumen, ni por densidad, ni por graves puede acercarse a las grandes referencias en este rol. Sin embargo, es una cantante muy inteligente que sabe sacar partido de sus virtudes y acaba sacando adelante el papel de forma excelente. Algo reservona, aunque correcta, en los tres primeros actos, es en el cuarto acto donde despliega todos sus recursos vocales e interpretativos, haciendo que su dúo con Jorge de León sea de alto voltaje.


Me gustó el Radamés de Jorge de León, valiente y entregado aunque con una gama de matices muy limitada. Gustará a quienes sepan perdonar lo segundo a cambio de escuchar esa rara avis que es una auténtica voz de spinto, con un agudo liberado y seguro que no duda en lucir siempre que puede y un volumen atronador. Lástima de cierta falta de homogeneidad entre sus zonas aguda y media.

Indra Thomas, en el papel de Aida, realizó ayer la última de sus actuaciones en esta serie de funciones y también la mejor, a decir de quienes han asistido a las otras. Se trata de una soprano con graves carencias, entre las que destaca una voz metida totalmente atrás, una pésima pronunciación (la típica patata en la boca de tantos cantantes anglosajones) y la molesta costumbre de respirar donde le da la gana, cargándose cualquier aproximación al canto legato. También tiene virtudes, principalmente el volumen, que la hace destacar en los números de conjunto a pesar de que su proyección no es la adecuada y su facilidad en el agudo, pero no bastan para levantar el papel. Además, dramáticamente está en las antípodas de la implicadísima Barcellona. En conjunto, lo mejor que podemos decir de la mejor de sus actuaciones es que al menos no enturbió la labor de sus compañeros de reparto.

Una agradable sorpresa fue escuchar a Giacomo Prestia como Ramfis, pues posee una voz de bajo de las de verdad, grande y con graves sonoros y nada trampeados. También me gustó Marco Spotti, Il Re, por la misma razón aunque su instrumento es algo más discreto.

Gevorg Hakobyan como Amonasro cuenta con el mismo handicap que Barcellona, le falta pasta y caracter verdiano, pero mientras que Barcellona sabe suplir sus carencias con gran habilidad, el joven barítono georgiano no pasa de los límites de la corrección.

Muy bien Javier Agulló como mensajero y Sandra Ferrández como gran sacerdotisa.


En cuanto a la puesta en escena de David McVicar, pasada por la indignante censura de Helga Schmidt, se puede resumir en sólo dos ideas. 1: Donde debería haber egipcios hay samurais. 2: La escena está vacía y oscura. La primera de estas dos ideas tiene la ventaja de evitar el aire kitsch en el que acaban cayendo todas las puestas en escena fieles al libreto. También consigue cabrear a los amantes del cartón piedra, lo cual siempre está bien. La segunda idea no aporta nada, pero al menos sale barata. Lo único que no me gustó fue que en la polémica escena de los sacrificios humanos (acto I, cuadro II), se distrae excesivamente la atención del espectador que está más pendiente de los figurantes que del pobre Jorge de León, que es quien debería lucirse.