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lunes, 7 de marzo de 2011

Maazel se despide del Palau de les Arts con 1984


Ayer se cerró una etapa de la corta historia del Palau de les Arts con la despedida de quien ha sido el creador y director titular de su excelente orquesta, Lorin Maazel. Se fue demostrando una vez más que es un grandísimo director y que se ha ganado el respeto y la admiración de los miembros de la orquesta, el coro y el público. Desgraciadamente, también ha demostrado que su talento como compositor no es acorde a su buen hacer con la batuta. Y es que su ópera 1984, representada en tan sólo tres ocasiones desde su composición (su estreno en Covent Garden, posteriormente en La Scala y ahora en Les Arts) es un engendro que dificilmente habría visto la luz de no tratarse su autor de quien se trata, si no tuviese las influencias que tiene y si no pudiese imponerla por contrato como todos sospechamos que hizo.

Aunque estaba previsto que esta obra se representase en la segunda temporada de Les Arts, una inundación forzó su retirada del cartel y la pospuso hasta ahora. Creo que a todos nos habría gustado que Maazel se pudiese despedir de su público con una obra de más calado, pero Helga no mandó sus sótanos a luchar contra los elementos y las cosas han venido así. Pese a todo, y como ya dije antes, la escasa entidad de 1984, una mezcolanza de estilos sin demasiado criterio (o peor, con un criterio perverso, lo explicaré a continuación) no ha sido impedimento para que Maazel diese lo mejor de sí mismo sobre el podio e hiciese sonar a la orquesta como sólo él sabe hacerlo.


¿Por qué digo que el criterio a la hora de mezclar estilos de Maazel es perverso? Siguiendo el acertado razonamiento de Fernando López Vargas-Machuca en su crónica de la función del pasado viernes (disponible AQUÍ), Maazel usa la música tonal de inspiración pucciniana (pero sin el talento de Puccini, huelga decirlo) para los momentos de exaltación del amor; el blues, el jazz o el estilo de los musicales de Broadway como recuerdo de una época mejor y como esperanza de un retorno a la felicidad y la música atonal para representar el mundo opresivo del año 1984, la dictadura del Gran Hermano y los tejemanejes de la Policía del Pensamiento. En un momento del segundo acto, cuando Winston escucha a una proletaria cantando una melodía de estilo pseudo-Broadway, dice algo así como: "Los proletarios son el futuro. El Partido grita, los proletarios cantan". Creo que esa es la clave de la obra, y que es una clave perversa. Como bien me dijo maac en el segundo entreacto, si Maazel considera que el Partido grita, podría haberse ahorrado buena parte de los gritos que constituyen el tedioso y excesivamente largo primer acto.

Y es que esa es otra de las razones por las que esta obra no consigue alzar el vuelo: el libreto es excesivamente descriptivo y poco teatral. Insiste una y otra vez en retratar un mundo que el espectador con un poco de cultura literaria ya conoce y hace que los personajes caigan con frecuencia en el monólogo infructuoso, totalmente ajeno a la acción. Los momentos con una música más elaborada, como la intervención de Syme o la clase de gimnasia, ambos en el primer acto, están absolutamente aislados de la trama y no tienen otra función que la de servir de ambientación.


Vocalmente, hay que destacar la actuación del Cor de la Generalitat, con el que Maazel se mostró inmisericorde al enfrentarlos a un volumen orquestal excesivo, y de los coros infantiles (Escola Coral Veus juntes de Quart de Poblet, Escolanía de la Mare de Déu dels Desamparats y Pequeños Cantores de Valencia).

Entre los solistas, me gustó Michael Anthony McGee como Winston Smith, más en lo actoral que en lo puramente vocal (habría que escucharlo en alguna obra más cantable para hacerse una idea de sus posibilidades). Nancy Gustafson (Julia), cuya voz acusa el paso del tiempo, no tiene problemas con un papel hecho a su medida. Lo mismo puede decirse del tenor Richard Margison (O'Brien), otra voz importante pero gastada, que me pareció el mejor cantante de cuantos subieron al escenario ayer. Tanto Silvia Vázquez como Andrew Drost, la primera en su doble papel de monitora y de borracha, el segundo como Syme, se enfrentan a una partitura difícil y la salvan de forma impecable. También Lynton Black (Charrington) y Mary Lloyd-Davies (proletaria) cumplen con corrección en sus breves papeles, así como la soprano Irina Ionescu cuyos sobreagudos se oyen por encima del coro de la primera escena y doblan por momentos a Syme en su primera intervención. Graeme Danby (Parsons) fue el único que no dio la talla y quedó tapado por la orquesta con facilidad.

Así como todas las críticas han coincidido en la mediocridad de la música y el libreto, también hay unanimidad en la buena opinión que merece la puesta en escena de Robert Lepage, basada en una plataforma giratoria que sirve para crear diversos ambientes, ayudada por el uso de proyecciones. La estética está muy lograda, mezclando elementos propios de la dictadura stalinista que inspiró a Orwell con otros que le resultan más cercanos al público actual, como los monos de color naranja de los prisioneros que inmediatamente relacionamos con Guantánamo. Lo mejor, sin embargo, no está en la escenografía ni en el vestuario, ambos muy logrados, sino en la cuidadísima dirección de actores, que consiguió sacar lo mejor de cada intérprete, especialmente del protagonista, al que somete a un gran desgaste físico.


A pesar de que su propia obra no está a su altura como director, Maazel fue braveado y aplaudido efusivamente por el público, más como agradecimiento por su labor durante los últimos años que por su calidad como compositor. Como su despedida coincidió con su 81 aniversario, la orquesta le sorprendió tocando "cumpleaños feliz", que fue coreado por el público y acompañado por el lanzamiento de octavillas y papelitos de colores. Tras largos minutos de aplausos, se cerró el telón y con él la primera etapa del Palau de les Arts. Queda por depejar la incógnita que a todos nos preocupa, si la orquesta superará la marcha de su creador y la escasez presupuestaria de Les Arts sin perder su calidad.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Maazel y el contrabajo más pequeño del mundo

Buscando información sobre la ópera 1984 de Lorin Maazel he dado con este vídeo, que no tiene nada que ver con tal obra sino con tal año, concretamente con el vienés concierto de año nuevo en el que Maazel, director de turno, decidió interpretar una polka de Johann Strauss él mismo con su contrabajo, si hacemos caso del locutor de TVE.


Vídeo de munrraku

sábado, 19 de febrero de 2011

Nixon, Ross, Schoenberg y unas señoritas enseñando cacho


Algunos de los que estáis leyendo esto acudísteis la semana pasada a los cines de vuestra ciudad en los que se proyectaba en directo desde el Met la ópera Nixon in China de John Adams. Otros, como yo, vivimos en el culo del mundo y no tenemos ningún cine cerca al que acudir a ver óperas, lo que no nos impide hablar sobre ello, como demuestran estas líneas, porque como ya he dicho varias veces, si sólo hablásemos de lo que conocemos iba a tener un blog el maestro armero.

Pues bien, me dispongo a hablar de la reciente retransimisión de Nixon in China, ópera de la que sólo he escuchado fragmentos y que me despierta mucha curiosidad (aunque debo decir que he escuchado otros trabajos del mismo autor y nunca han acabado de convencerme) más por lo que tuvo de peculiar su retransmisión que por sus cualidades musicales, ya comentadas ampliamente en otros blogs como In Fernem Land o Calamares en su tinta. Y concretamente, lo que me lleva a escribir sobre esta ópera es el hecho de que una obra de reciente composición forme parte del repertorio, al menos al otro lado del Atlántico, donde se ha venido representando con cierta frecuencia desde su estreno en 1987. De hecho, actualmente está representándose al mismo tiempo en el Met de Nueva York y en el Four Seasons Centre de Toronto, sede de la Canadian Opera Company, y está programada en las temporadas de ópera de Kansas City y San Francisco el próximo año.


Vídeo de musicvideoing

Independientemente de mi opinión sobre la obra, aún no formada, o sobre mi parecer sobre la música de John Adams en general, debo decir que me alegro de que una obra actual haya conseguido entrar a formar parte de un repertorio que parecía inmutable y que corría el riesgo de apolillarse o de expandirse sólo gracias al redescubrimiento de partituras olvidadas del pasado. Siempre he defendido que cada época necesita de unos artistas que hablen de temas que interesen a su público y lo haga en un lenguaje propio de la época, y me parece antinatural que haya quien, en el siglo XXI, sienta más afinidad con las historias románticas de Walter Scott o Victor Hugo musicadas por Donizetti o Verdi que con los temas de los que tratan las óperas de John Adams. Ojo, estoy hablando de temática, que no de calidad musical. Yo soy el primero que disfruta como un enano con Lucia di Lammermoor o Ernani, pero reconozco que esas óperas tratan temas que interesaban al público en la época de sus estrenos y ahora han quedado como piezas de museo, al igual que las obras literarias en las que se basaban.

Supongo que aquí es donde saltará más de uno diciendo que más vale malo conocido que bueno por conocer, que el público sigue prefiriendo las obras de toda la vida antes que estas moderneces y que siempre tendrá más éxito una buena Tosca que un Nixon in China. Bueno, pues no es así, o al menos no lo es a todos los niveles. A raiz de la retransimisión de Nixon in China se ha visto un movimiento en las redes sociales, concretamente en Twitter, que nunca antes se había producido. Y este movimiento, este interés de un público joven por comentar sus impresiones acerca de una ópera, a veces incluso en directo, no se ha producido con una Tosca, ni con una Traviata, ni con una Valquiria, sino con Nixon in China. Como comentan algunos tweets (podéis leerlos AQUÍ), es el primer hashtag con temática operística que recibe un seguimiento masivo desde que existe Twitter. El crítico musical Alex Ross, autor del célebre libro sobre música contemporánea The Rest is Noise (traducido pésimamente al castellano por culpa de Luis Gago como El ruido eterno) comentó, también a través de Twitter: "It's very fun—actually kind of thrilling—to read the twitterwide reaction to #nixoninchina. Is this prophetic?" (Es muy divertido -en realidad algo excitante-leer la reacción en twitter a #nixoninchina. ¿Es esto profético?). Pues posiblemente la respuesta sea sí.

En nuestro país también se está a punto de producir una conjunción de obras contemporáneas, pues al reciente estreno de La página en blanco de Pilar Jurado en el Tetro Real de Madrid se une la inminente aparición de 1984 de Lorin Maazel en la cartelera del Palau de les Arts. Quienes han asistido al estreno de la primera comentan que tiene ciertos aspectos positivos, aunque no consigue superar el lastre que le supone un pésimo libreto, lo que parece augurarle una corta vida. Tampoco 1984, que servirá como despedida de su autor como director titular del Palau de les Arts, parece que vaya a sobrevivirle, pues hasta ahora su programación en los teatros ha ido unida a su presencia como director y no sería descabellado pensar que el propio Maazel la ha impuesto como condición ineludible al firmar su contrato. En cualquier caso, el hecho de que se estrenen obras nuevas, sean mejores o peores, es siempre una señal de que el género sigue vivo.


Vídeo de elnim

Me dejo para el final una reflrexión que no es mía, sino del ya mencionado Alex Ross en el ya mencionado libro The Rest is Noise. Es bastante habitual escuchar voces entre el público que acusan a los autores contemporáneos de no estar interesados en agradar al público, de sentirse superiores y componer música extremadamente difícil, cuando no directamente experimental, sin tener en cuenta que a quienes asisten a los teatros les gusta la melodía tradicional, sin atonalismos, sin dodecafonismos, sin minimalismos, sin rarezas de esas. Es también habitual, desgraciadamente, escuchar que la ópera murió con Puccini o como mucho con Strauss y la culpa es de los compositores que, a partir de entonces, se olvidaron del público. Pues bien, eso no es así, no fueron los compositores quienes dieron la espalda al público sino el público quien dió la espalda a los compositores. Y si hay un caso en el que este cambio de actitud queda patente, ese es el de Arnold Schoenberg.

Schoenberg, de origen humilde, tuvo que luchar y esforzarse para poder estudiar música primero y para llegar a estrenar sus composiciones después. Heredero de la tradición romántica de Brahms, Wagner y Mahler, sus primeras composiciones suponen una evolución, nunca una ruptura, del estilo imperante en la época, una vuelta de tuerca a la música de Mahler, Strauss, Zemlinsky... Quien escucha piezas tempranas como el sexteto de cuerdas Verklärte Nacht o los Gurre-lieder esperando encontrarse con algo árido y escabroso, al estilo de las composiciones serialistas del Schoenberg maduro, suele sorprenderse porque son mucho más fáciles de lo que creía, el hilo que las une con grandes favoritos del público como los mencionados Mahler y Wagner es evidente. Podemos decir, y diremos bien, que Schoenberg tuvo en cuenta los gustos del público cuando las compuso, limitándose a dar un paso más en la evolución musical. Sin embargo...

...los compositores sí tenían una buena razón para revelarse contra el gusto burgués: el culto del pasado imperante amenazaba su propio sustento. Viena estaba realmente obsesionada con la música, pero estaba obsesionada con la vieja música, con las obras de Mozart y Beethoven y el ya fallecido doctor Brahms. Estaba moldeándose un canon y las obras contemporáneas estaban empezando a desaparecer de los programas de concierto. A finales del siglo XVIII, el 84 por ciento del repertorio de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig estaba integrado por música de compositores vivos. En 1855, la cifra había descendido al 38 por ciento, en 1870 al 24 por ciento. Entretanto, el gran público estaba enamorándose del cakewalk y de otras novedades populares. El razonamiento de Schoenberg era el siguiente: si el público burgués estaba perdiendo interés por la nueva música, y si el emergente público masivo no tenía apetito de música clásica, nueva o vieja, el artista serio debería dejar de agitar sus brazos en un intento de llamar la atención y retirarse, en cambio, a una soledad en compañía de sus propios principios.
extracto de The Rest is Noise, de Alex Ross

Schoenberg, por lo tanto, no dió la espalda al público, sino que, tras ver como el público le daba la espalda, decidió concentrarse en sus experimentos, ajeno a la recepción que estos tenían entre una audiencia cerrada a cualquier novedad. De estos experimentos con la atonalidad surgió el serialismo, que supuso otro paso adelante en la evolución de la música occidental y gracias al cual podemos disfrutar de auténticas maravillas como su ópera Moses und Aron o Wozzeck y Lulu, de su discípulo Alban Berg. Sin embargo, Schoenberg siempre lamentó en su fuero interno esta desconexión con el público. En otro capítulo del libro de Alex Ross, Ronald Schoenberg, hijo del compositor, recuerda como una vez, cuando la familia se había trasladado e Estados Unidos huyendo del Tercer Reich, entraron en un bar de zumos en la Autopista 1 y la radio estaba emitiendo Verklärte Nacht. "Jamás lo vi tan contento", dice.

Así pues, si fue el público quien cerró las puertas a los músicos contemporáneos, obligándoles a iniciar la travesía del desierto, también debe ser el público quien salga al encuentro de los compositores, interesándose por sus creaciones, apoyando las que crean mejores y perdiendo de una vez por todas ese miedo a lo moderno y esa obsesión acomodaticia que hace que muchos se cierren en banda ante cualquier cosa que no sea su enésima Tosca o su enésima Traviata. Que hay vida después de Puccini.

Y para acabar, os dejo con el vídeo marciano de la semana, recién encontrado en Youtube. Una mezcla de imágenes de bellas señoritas de senos turgentes con Verklärte Nacht como fondo musical con el inquietante título "Tetas y Schoenberg, no necesitas nada más". Una combinación que nunca se me habría ocurrido y que de buen seguro habrá atraído a más de uno hacia la música de Schoenberg. No me preguntéis quién lo ha colgado ni qué pretendía con ello, que yo soy el primer sorprendido.


Vídeo de darkmoma

martes, 30 de noviembre de 2010

La Aida de Maazel

La Aida que se representó el domingo en el Palau de les Arts no era la de Verdi, por mucho que aparezca el nombre del compositor italiano en los carteles, sino la de Maazel. En todo caso, habría que decir algo así como "adaptación de la obra original de Giuseppe Verdi". Dicho esto, entiendo perfectamente la estupefacción e incluso las reacciones negativas que uno puede leer por esos cibercampos del señor, ya que quien espere encontrarse con la Aida de Verdi se puede llevar un chasco. Sin embargo, los que seguimos a Maazel desde hace años nos hemos ido acostumbrando a su peculiar manera de dirigir hasta llegar a una devoción absoluta. Somos maazeladictos y se lo permitimos todo.

Lorin Maazel inicia el que será su último año al frente de la orquesta que él mismo creó dando una vuelta de tuerca más a su peculiar concepto de dirección con tempi lentísimos pero intensos que permiten el lucimiento orquestal (el sonido que consigue esta formación es bellísimo) y que pone en más de un apuro a coro y solistas. E incluso al publico: hubo varios momentos ayer en los que yo mismo no sabría decir si hubo desajustes en la entrada del coro y de algunos solistas o fue mi mente la que era incapaz de seguir el ritmo tan pausado de la batuta y se adelantaba a los acontecimientos. Como tantas veces sucede en Les Arts, lo mejor de la función fueron la orquesta y el coro. Éste último se luce especialmente en el delicadísimo e hiper-ralentizado interno del primer acto, cuadro segundo.

En cuanto a los solistas, destacó la Amneris de Daniela Barcellona, que está debutando el papel en estas funciones. Quizá defraudará a los amantes de las grandes voces verdianas pues ni por volumen, ni por densidad, ni por graves puede acercarse a las grandes referencias en este rol. Sin embargo, es una cantante muy inteligente que sabe sacar partido de sus virtudes y acaba sacando adelante el papel de forma excelente. Algo reservona, aunque correcta, en los tres primeros actos, es en el cuarto acto donde despliega todos sus recursos vocales e interpretativos, haciendo que su dúo con Jorge de León sea de alto voltaje.


Me gustó el Radamés de Jorge de León, valiente y entregado aunque con una gama de matices muy limitada. Gustará a quienes sepan perdonar lo segundo a cambio de escuchar esa rara avis que es una auténtica voz de spinto, con un agudo liberado y seguro que no duda en lucir siempre que puede y un volumen atronador. Lástima de cierta falta de homogeneidad entre sus zonas aguda y media.

Indra Thomas, en el papel de Aida, realizó ayer la última de sus actuaciones en esta serie de funciones y también la mejor, a decir de quienes han asistido a las otras. Se trata de una soprano con graves carencias, entre las que destaca una voz metida totalmente atrás, una pésima pronunciación (la típica patata en la boca de tantos cantantes anglosajones) y la molesta costumbre de respirar donde le da la gana, cargándose cualquier aproximación al canto legato. También tiene virtudes, principalmente el volumen, que la hace destacar en los números de conjunto a pesar de que su proyección no es la adecuada y su facilidad en el agudo, pero no bastan para levantar el papel. Además, dramáticamente está en las antípodas de la implicadísima Barcellona. En conjunto, lo mejor que podemos decir de la mejor de sus actuaciones es que al menos no enturbió la labor de sus compañeros de reparto.

Una agradable sorpresa fue escuchar a Giacomo Prestia como Ramfis, pues posee una voz de bajo de las de verdad, grande y con graves sonoros y nada trampeados. También me gustó Marco Spotti, Il Re, por la misma razón aunque su instrumento es algo más discreto.

Gevorg Hakobyan como Amonasro cuenta con el mismo handicap que Barcellona, le falta pasta y caracter verdiano, pero mientras que Barcellona sabe suplir sus carencias con gran habilidad, el joven barítono georgiano no pasa de los límites de la corrección.

Muy bien Javier Agulló como mensajero y Sandra Ferrández como gran sacerdotisa.


En cuanto a la puesta en escena de David McVicar, pasada por la indignante censura de Helga Schmidt, se puede resumir en sólo dos ideas. 1: Donde debería haber egipcios hay samurais. 2: La escena está vacía y oscura. La primera de estas dos ideas tiene la ventaja de evitar el aire kitsch en el que acaban cayendo todas las puestas en escena fieles al libreto. También consigue cabrear a los amantes del cartón piedra, lo cual siempre está bien. La segunda idea no aporta nada, pero al menos sale barata. Lo único que no me gustó fue que en la polémica escena de los sacrificios humanos (acto I, cuadro II), se distrae excesivamente la atención del espectador que está más pendiente de los figurantes que del pobre Jorge de León, que es quien debería lucirse.

lunes, 26 de abril de 2010

La vida breve y Cavalleria rusticana en Les Arts: Maazel a lo grande


Tras la irregular Traviata de la semana pasada tenía puestas todas mi esperanza en la última función del programa doble formado por La vida breve y Cavalleria rusticana. Según decían las crónicas más fiables, Maazel hacía uno de esos ejercicios de estilo que tanto disfrutamos los habituales del Palau de les Arts. El resultado fue, tal y como esperaba, un éxito abrumador y una de esas funciones que no se olvidan fácilmente.

La dirección de Lorin Maazel destacó por sus tempi lentos pero siempre cargados de tensión, como es habitual en él. Si en La vida breve la lentitud nunca llegó al extremo de desnaturalizar la partitura, consiguiendo una lectura referencial en lo orquestal, en Cavalleria traspasó ampliamente el límite, presentando determinados fragmentos como una disección en la que cada una de las partes parecía más importante que el conjunto de las mismas. Entiendo que una dirección tan peculiar no puede ser del gusto de todos y me parecen justificadas todas las críticas a la exasperante lentitud de la batuta que he leído en diversos medios, pero personalmente nunca había disfrutado tanto con esta obra y quién sabe si lo volveré a hacer. Afortunadamente para mí, y esto es algo muy subjetivo, entre los fragmentos más desnaturalizados estuvieron las intervenciones de Alfio, que siempre me han parecido flojísimas y que en la prácticamente irreconocible lectura de Maazel mejoraban notablemente. Otros fragmentos, como el famoso intermezzo, nos hicieron rozar el cielo y desear que no acabasen nunca. En resumen, ayer escuchamos La vida breve de Falla y Cavalleria Rusticana de Maazel, inspirada en la obra original de Mascagni.


La Orquestra de la Comunitat Valenciana volvió a demostrar que hoy por hoy es una de las mejores orquestas de foso en el mundo y que su comunión con el maestro Maazel es absoluta, siguiéndole admirablemente en cada uno de sus excesos. Lo mismo puede decirse del Cor de la Generalitat Valenciana dirigido por Francesc Perales, que destacó en todas y cada una de sus intervenciones, aunque se vio seriamente perjudicado por la escenografía del primer acto de La vida breve y sus internos apenas resultaron audibles.

Dado el elvado número de cantantes que aparecen en ambas obras, comentaré sólo a los más relevantes. La de ayer fue la única función de La vida breve que no contaba con la presencia de Cristina Gallardo-Domâs. En su lugar, María Rodríguez cantó una notable Salud, muy metida en el papel y con buenos medios y graves, aunque su registro agudo sonó en exceso estridente y destemplado. Jorge de León lució su caudal de voz en el breve papel de Paco. Muy bien estuvo la joven mezzo María Luisa Corbacho como la Abuela en La vida breve y también como Mamma Lucia en Cavalleria rusticana, sirviendo ambos personajes de nexo entre ambas obras.


Pasando a la obra de Mascagni, me gustó mucho Anna Smirnova como Santuzza, con unos graves propios de la mezzo que es (aunque en el programa de mano se la etiquete como soprano), a pesar de sus agudos indefectiblemente gritados. Pero en Cavalleria gritar de vez en cuando no queda del todo mal, y Smirnova además lo compensó con una gran implicación dramática. Aleksandrs Antonenko, Turiddu, posee un instrumento importante, con la típica emisión entubada propia de los cantantes eslavos, pero su canto careció por completo de matices e idiomatismo. Hubo un momento en el que fue incapaz de seguir el ritmo parsimonioso de la batuta y acabó su frase antes de lo que debía. No puedo decir que se acelerase, sino que cantó muy lento algo que debía haber cantado lentísimo. Y es que ayer Maazel puso en un aprieto a todos los participantes en esta Cavalleria, obligándoles a mantener notas hasta correr el riesgo de perder el hilo y no recordar de qué nota vienen ni a qué nota van. Por esa misma razón me gustó el Alfio de Gevorg Hakobyan, que salió triunfante de la mayor ralentización de la noche, la del aria Il cavallo scalpita.

La puesta en escena de Giancarlo del Monaco para La vida breve, dominada por un asfixiante color rojo en la iluminación, los paneles y el vestuario, me pareció todo un acierto, con el único inconveniente, ya comentado, de que el coro apenas es perceptible en el primer acto por verse obligado a cantar desde muy atrás y tapado por unos paneles. Quizá el problema se podría haber resuelto reforzando el coro. En cualquier caso, tras un inicio lastrado por este defecto y quizá demasiado austero, el resto de la obra transcurre adecuadamente, con la dosis justa de folclorismo para no caer en la Andalucía de postal y con efectos muy logrados, como el juego de sombras, el ballet y la sustitución del cantaor por una cantaora (Esperanza Fernández) que aparece como el alter ego de Salud.

En Cavalleria rusticana volví a ver la puesta en escena que ya conocía de su estreno en Madrid y si en aquella ocasión me pareció un horror, ayer, ya curado de espanto, simplemente me pareció mala pero no me molestó a la hora de disfrutar de la obra. Estéticamente el juego de fondo blanco y vestuario negro es atractivo, pero ahí acaba lo positivo en este montaje. Sigo preguntándome el por qué de la cantera de mármol y qué pinta esa procesión con penitentes flagelándose en plena Pascua (¿cómo celebrarán en Sicilia el Viernes Santo?). Recuerdo que Giancarlo del Monaco dijo que pretendía emular el escenario de las tragedias griegas, pero Cavalleria tiene de tragedia griega más bien poco por no decir nada.

lunes, 19 de abril de 2010

La Traviata en Les Arts: Sí pero no.


Sobre esta Traviata se ha dicho ya practicamente todo, y cuando digo todo me refiero al espectro completo de opiniones que van desde el aplauso incondicional hasta la decepción o el aburrimiento pasando por el sí pero no. Ahí es donde me voy a situar yo, en el sí pero no. Sí, me lo he pasado bien, pero ni los cantantes eran para tirar cohetes ni la dirección de Maazel ha estado al mismo nivel que en otros títulos.

Empezaremos por el maestro Lorin Maazel. Lejos de jugar con el tempo y ralentizar a placer como viene haciendo habitalmente, quizá consciente de que esta partitura y esta orquestación no se prestan a tal práctica, la dirección de Maazel ha sido correcta en el primer acto, extrayendo como siempre un inmejorable sonido de la Orquestra de la Comunitat Valenciana (con la excepción de una pifia en el viento madera). Ha habido ciertos desajustes con los cantantes, aunque creo que la culpa es más de estos últimos que del director. Me las prometía muy felices, pero en el segundo acto ha llegado el problema, con unas caídas de tensión en el dúo entre Giorgio Germont y Violetta que ríete tú de la red eléctrica catalana, seguidas por unas explosiones orquestales a todas luces excesivas, especialmente si se sumaba el Cor de la Generalitat Valenciana a todo volumen, como ha pasado en el finale del segundo acto. El conjunto resultante, lleno de altibajos pero sin abandonar la corrección, recuerda al Maazel de las primeras temporadas, el de Simon Boccanegra o Carmen, que sin dejar de ser un gran director está lejos de sus mejores trabajos, como el Parsifal o la Madama Butterfly.

Con todo, no es en la dirección donde estriba el principal problema de esta Traviata sino en los cantantes. Si sobre las tablas hubiésemos tenido a tres estrellas prácticamente no habríamos reparado en la dirección, pero en vez de eso tuvimos a tres cantantes dignos de un segundo reparto pero no de un primero (y, en este caso, único).

Vittorio Grigolo (Alfredo), del que siempre me temo lo peor y al que siempre acabo salvando, volvió a lucir en su tercera visita a Les Arts una bella voz de timbre luminoso, parecido por momentos al de Pavarotti, pero que no va acompañado por una técnica ortodoxa ni por un mínimo cuidado del fraseo, lo que lo aleja del gran tenor de Módena y de cualquier otro buen cantante. Estuvo sobrado de entrega hasta el punto de sonar excesivamente enfático, pero carente de elegancia.

Mucho peor estuvo la soprano Hibla Gerzmava (Violeta), sobre todo en el primer acto, donde tuvo que enfrentarse a una coloratura que se le escapaba y que resolvió con unos extrañísimos efectos como de glissando que no son de recibo. Por lo demás, su canto resultaba monótono y en su faceta actoral tenía menos gracia que un tablao de airgamboys. Mejoró algo en el segundo y tercer acto, donde no se le exige coloratura, aunque caló ligeramente todos sus agudos.

Gabriele Viviani (Giorgio Germont), otro veterano en Les Arts, me parece un error de casting. Canta bien, pero su voz es demasiado lírica, demasiado clara para hacer de Giorgio Germont, un papel que sin duda acabará cantando de forma excelente con el transcurso de los años. Su rendimiento se vió perjudicado por la bajada de tensión en la dirección de Maazel mencionada más arriba.

Y por último, la puesta en escena dirigida por Henning Brockhaus con escenografía del fallecido Josef Svoboda, basada en un espejo gigante que refleja una serie de telas puestas en el suelo que se van retirando durante la obra, cambiando así la ambientación. Se supone que el juego de reflejos es un símil de la doble moral de la sociedad. La idea no es mala, aunque sí poco original, y se combinan momentos muy logrados, sobre todo en escenas muy concurridas, con otros donde el resultado es algo pobre. Eso sí, la sonoridad de las voces gracias al espejo que cubre el fondo del escenario es excelente, incluso cuando cantan de espaldas al público. La principal pega de esta producción es que está pensada para ser vista desde la platea, pues desde los pisos altos no se ve el reflejo de todo el suelo, quedando por tanto el decorado a medias. El final, en el que el espejo cambia su ángulo y el público se ve reflejado mientras Violetta muere, es un error por dos razones: distrae la atención en la escena más dramática de la obra y lleva un mensaje moral, pretendiendo hacer notar al público que forman parte de la sociedad que ha condenado a Violetta, que a estas alturas me parece inaceptable.

Al final, aplausos, bravos y ovaciones desmedidas de un público entregado, Maazel muy sonriente y todos para casa, unos en una nube y otros pensando que la semana que viene toca La vida breve y Cavalleria rusticana donde, según cuentan, sí que podremos escuchar al Maazel de las grandes ocasiones.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Madama Butterfly en Les Arts: Maazel vuelve a triunfar

Con la anterior Madama Butterfly de Les Arts ya me pasó: iba sin muchas ganas y salí contento, especialmente gracias a Maazel. En esta el efecto se ha multiplicado: iba con menos ganas, sobre todo porque no han pasado ni dos años desde que se programó este título con otra puesta en escena, y salí encantado. Y de nuevo, el principal artífice de mi satisfacción fue Lorin Maazel, que estuvo aun mejor que hace dos temporadas. Pero no fue el maestro el único que me hizo disfrutar.

Oksana Dyka, joven soprano ucraniana con una breve pero intensa carrera, cantó una sensacional Butterfly, sobrada de volumen incluso cuando la puesta en escena no jugaba a su favor, delicada (dentro de lo que cabe) en el primer acto y dramática en los dos posteriores, sin caer en la exageración. La suya es una voz todo-terreno, con agudos en punta cuya presencia destacaba sobre la masa orquestal y un centro maleable que se adaptaba con suma facilidad a las exigencias de la partitura. Nos dejó boquiabiertos con Un bel dí vedremo, momento que la mayoría de Butterflies intentan salvar sin desgastarse excesivamente porque aún les queda mucho que cantar y que ella aprovechó al máximo.

Aunque en la función de ayer estaba previsto el debut en Les Arts de Demos Flemotomos como Pinkerton, un aviso por megafonía antes de que empezara la función nos hizo saber que el papel sería interpretado por el italobrasileño Thiago Arancam. Curiosamente, ambos tenores presentan coincidencias en su biografía: Arancam ganó el segundo premio absoluto, el premio de zarzuela y el premio del público en Operalia 2008 y Flemotomos ganó los mismos premios en Operalia 2009. Por lo visto, Arancam fue llamado de urgencia para cubrir la baja de Flemotomos y apenas tuvo tiempo para familiarizarse con la escena ni para ensayar. Digo esto porque, aunque su rendimiento fue insuficiente, sonó engoladísimo y la orquesta le superó con frecuencia, me pareció una injusticia el abucheo que se llevó cuando salió a saludar. Ya sé que abuchear forma parte de la tradición operística, pero por favor, que era un sustituto, un chico que hace una semana ni siquiera sospechaba que iba a estar en Valencia cantando Pinkerton y que ha aceptado meterse en este lío para salvar una función que de otra forma seguramente se habría tenido que cancelar. Si este chico fuese el Pinkerton titular y lo hubiese cantado así no diría nada, pero siendo un cover de urgencia me parece muy mal que se le abuchee con tal saña. Cuatro años sin un buh (y motivos ha habido de sobra) y este año se abuchea hasta al sustituto. Ni tanto ni tan calvo, ¿no?

El resto de papeles estuvieron cantados con corrección, destacando la Suzuki de Marianna Pizzolato y el Sharpless de Gevorg Hakobyan, a quien me quedo con ganas de escuchar en papeles con más opción para el lucimiento, pues su voz es muy buena y quisiera saber si la sabe aprovechar.

Otro de los motivos por los que disfruté de esta Butterfly fue la puesta en escena de Marusz Trelinski, procedente del teatro Wielki de Varsovia. Será porque ya estoy hasto de ver la típica casita en la colina, las sombrillas rotatorias y demás parafernalia, pero esta producción me ha encantado. La dirección de actores es excepcional y la escenografía consigue momentos de gran plasticidad con grandes superficies de color que cambian según lo hace el ánimo de los personajes. Es, por tanto, una puesta en escena más psicológica que realista, lo que explica la licencia de hacer aparecer a Butterfly en barco y otras muchas que se toman durante la obra y que a mí en ningún caso me parecieron chirriantes, más bien todo lo contrario: me ayudaron a meterme en la trama, algo que sin ayuda posiblemente nunca habría hecho por ser el de Butterfly el argumento con el que más me cuesta empatizar de toda la obra de Puccini.

Pero, después de todo lo que he comentado, vuelvo al principio y digo que si hubo algo que me hiciese disfrutar por encima de todo fue la labor de Lorin Maazel. Con esos tempi lentos pero nunca relajados que ya son marca de la casa, se dedicó a diseccionar la partitura, detalle por detalle, exprimiendo la sonoridad de la orquesta que ayer sonó como en las mejores ocasiones. A diferencia de su anterior Butterfly, no hubo efectismos ni gestos de lucimiento de cara a la galería. El maestro consiguió con eso dotar a la obra de una uniformidad y de una coherencia que faltó entonces. Es curioso eso de mostrar todos los detalles y a la vez conseguir que el conjunto sea coherente, algo al alcance sólo de grandes directores y de grandes orquestas. Y ya que estamos, de grandes coros: excepcional el coro a bocca chiusa que cantaron bajo la dirección de Francesc Perales.

lunes, 27 de abril de 2009

Maazel se queda


Al final, ni Chailly, ni Muti, ni Gergiev: Maazel.

Me acabo de enterar leyendo el blog Ya nos queda un día menos. También podéis ver la noticia en la web de Informativos Telecinco.

domingo, 26 de abril de 2009

Tuuuuraaaandooooooooooooooot!!!!


Con Lorin Maazel, más que a una Turandot uno asiste a una Tuuuuraaaandoooooot. El maestro se despide de la titularidad al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana firmando la que probablemente sea su mejor dirección, junto con el Parsifal que inauguró esta temporada. Como en aquella ocasión, se decanta por unos tempi exageradamente lentos y majestuosos, algo que no es inusual aplicado a Wagner pero sorprende aplicado a Puccini. Nunca había tenido la sensación de que estaba captando hasta el más nimio detalle orquestal en una Turandot hasta ayer. En cierto sentido, encontré muchos puntos en común con la Madama Butterfly que cerró la temporada pasada. En ambos casos, Maazel se llevó el gato al agua con una dirección orquestal sobresaliente que destacaba muy por encima de los cantantes, aunque hay que decir que en esta Turandot, quizá porque la música se presta más a ello, Maazel ha llevado al límite su peculiar estilo de dirección y ha conseguido resultados inmejorables.

Por supuesto, para sostener la tensión con unos tempi tan pausados hace falta una orquesta y un coro excepcionales. Es especialmente loable la prestación del Cor de la Generalitat Valenciana, por cuanto están sometidos a un tour de force cada vez que tienen que mantener una nota durante segundos y más segundos. En los finales de los tres actos, la prestación de la orquesta y el coro llega a unas cotas de espectacularidad impresionantes.

Desde las primeras y larguísimas notas, antes de que aparezca en escena el mandarín para cantar aquello de Popolo di Pekino, ya queda claro que uno no va a asisitir a una Turandot cualquiera. Efectivamente, todo queda confirmado cuando Ventseslav Anastasov empieza a cantar: Poooooooopooooloooooo diiiiii Peeeekiiiiiiiiiinoooooooooooooo. Y al principio es inevitable preguntarse: "¿Quedará esto bien? ¿No es demasiado exagerado?" Pero no, la música sigue fluyendo y en pocos minutos uno está ya totalmente cautivado por la labor del maestro. Sólo encontré una pega, mínima, y es que la escena de Ping, Pang y Pong en el primer acto quedó un tanto deslucida a causa del tempo pausado. Sin embargo el resto de sus intervenciones, incluida su deliciosa escena en el segundo acto, gozaron de unos tempi adecuados y quedaron correctamente integradas en la trama. Fabio Previtali (Ping), Vicenç Esteve (Pang) y Gianluca Floris (Pong) estuvieron muy bien en lo vocal y en lo actoral.

Igual que he dicho que el tempo perjudicó a las máscaras en el primer acto he de decir que por la misma razón nuestra querida Alexia Voulgaridou (Liù) y Francesco Hong (Calaf) tuvieron la oportunidad de lucirse gracias al colchón orquestal que les ofreció Maazel para Signore, ascolta y Non piangere, Liù. Desgraciadamente, ambos desaprovecharon esta oportunidad, Voulgaridou a causa de su conocido canto rutinario y carente de la más mínima emoción, lo que en Liù es inadmisible y Hong debido a sus carencias en una zona grave completamente áfona. Otro de los puntos en común entre la Madama Butterfly del año pasado y esta Turandot es el tenor. Francesco Hong, al igual que Massimiliano Pisapia, quien cantó el Pinkerton entonces, tiene un gran registro agudo, fácil, timbrado y potente, pero es insuficiente en el registro medio y carece de la más ligera sombra de graves. Se creció, por tanto, en la escena de los enigmas, donde soltó agudos por doquier (aunque evitó el do opcional en Principessa altera, no sé si a instancias propias o de Maazel) y en el final del Nessun dorma. Por lo demás, su fraseo y su dicción son más que correctos para tratarse de un cantante coreano y la única pega que se le puede poner es la falta de garra, de intención, de temperamento.


Mucho mejor estuvo la Turandot de Elisabete Matos, voz grande pero bien manejada, con agudos brillantes y seguros. Sentí vergüenza ajena cuando ví como el público ovacionaba de forma exagerada a Voulgaridou y sin embargo no pasaban de un aplauso de cortesía con Matos, que demostró ser muy, pero muy superior a la griega. Creo que se debe a que se aplaude el personaje más que la interpretación, porque de otra forma es inexplicable. Desde luego, hay Voulgaridou para rato, cada vez que viene sale braveada. Su actuación de ayer no fue como parea abuchearla, al menos no desafinó como en su Luisa Miller o su Marguerite de Faust, pero de ahí a ser la más apludida...

Lamentablemente, en la función de ayer el papel de Timur no estuvo interpretado por Alexander Tsymbalyuk, de quien todos están hablando maravillas, sino por Orlin Anastassov, que no pasó de la corrección.

Respecto a la producción, con ligeras variaciones pero es la misma del año pasado, por lo que no voy a volver a repetir mis impresiones. Podéis leer lo que escribí entonces AQUÍ.

sábado, 1 de noviembre de 2008

The Parsifal that came from outer space


Uno había leído tantas cosas sobre esta producción de Parsifal, casi todas tan negativas, que iba temiéndose lo peor. Y al final resulta que no sólo no está tan mal, sino que, exceptuando la mamarrachada del final, está muy bien, incluso en algunos aspectos se sitúa entre lo mejor que nos ha ofrecido el Palau de les Arts en su corta historia.

El principal de estos aspectos es la dirección de Lorin Maazel y el sonido que saca de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. Ya comenté cuando Mehta nos trajo las tres primeras entregas del Ring que era un lujo poder escuchar su peculiar visión lírica de la música de Wagner (especialmente en el Oro y la Walkiria, donde estuvo mejor que en Sigfrido), pero a la vez era una lástima que estuviésemos perdiéndonos el Wagner de Lorin Maazel, que al menos en disco es espectacular. La oportunidad de escuchar al maestro Maazel en este repertorio ha llegado con esta obra cumbre del repertorio wagneriano, que nunca antes había dirigido y que, quizá por eso, nos ha brindado su mejor dirección en estos tres años. Puede que sea porque es su primera aproximación a la obra, por respeto, por falta de confianza, quién sabe, pero Maazel no dejó ni uno de los ensayos a su segundo de a bordo, se implicó como no había hecho con ninguna otra obra y nos dejó una dirección donde nos ofrecía todas las cualidades positivas a las que ya nos había acostumbrado, con un sonido orquestal de ensueño y algunos momentos puntuales (transformación del primer acto, encantamiento del viernes santo) realmente hermosos. Además no jugó con los tempi y las dinámicas de forma tan caprichosa como nos tiene acostumbrados. Optó, como era previsible, por unos tempi lentos pero cargados de intensidad, como ya hizo Gatti este verano en Bayreuth, aunque en el segundo acto se puso las pilas y aceleró el paso. Wagner se puede interpretar desde otra óptica diferente, pero no mejor de lo que lo hizo Maazel ayer.

Si la orquesta destacó ayer excepcionalmente dentro del altísimo nivel en el que suelen estar, el Cor de la Generalitat Valenciana tuvo, sobre todo en el primer acto, momentos en los que parecía no estar a gusto. No sé si se deberá a que la puesta en escena obliga al coro femenino y al infantil (Escolania de la Mare de Déu dels Desamparats) a permanecer fuera del escenario, pero, sin dejar de estar bien, no lo estuvieron tanto como en otras ocasiones, Y es una lástima, porque Parsifal es una obra donde tienen la oportunidad de lucirse en el cierre del primer y el tercer acto. Aún así, por incómodos que estuviesen, no dejan de ser un excelente coro. Además, hubo otros momentos, como la escena de las muchachas flor, donde sí cantaron con su nivel de excelencia habitual.

Vocalmente este Parsifal estuvo muy bien servido, con una notable excepción en el papel de Kundry. Christopher Ventris es el Parsifal de la actualidad, con permiso de Plácido Domingo, que aún canta el papel aunque con menor frecuencia. Todos conocemos ya sus cualidades, una voz robusta y bella, con gran volumen, y una capacidad interpretativa destacable. Baste decir que ayer estuvo especialmente bien, sobre todo en el segundo acto, que es donde tiene su prueba de fuego.

También estuvo muy bien el bajo danés Stephen Milling, a quien ya conocíamos por haber interpretado estupendamente el papel de Fafner en el Oro y Sigfrido. Dominando una voz imponente para plegarla a la expresividad requerida por la partitura, Milling nos ofreció momentos de gran belleza y se ganó a pulso ser el cantante más destacado y más aplaudido de la función. Un bajo que está llamado a hacer grandes cosas y que será, por vocalidad y por estilo, el sucesor de Matti Salminen.

Otro bajo con una actuación destacable, aunque breve, fue Alexánder Tsymbalyuk (el Timur de la reciente Turandot) en el papel de Titurel. Debido a las carácterísticas del teatro, con un foso entre la última fila de los cuatro pisos y la pared trasera, su voz se proyectó desde abajo hacia arriba, rebotando en la pared trasera y proyectándose hacia delante. El efecto fue tal que los que estábamos en la última fila del cuarto piso nos giramos para ver si lo teníamos detrás, cuando en relidad lo teníamos cuatro pisos por debajo. Se comenta que su voz pudo estar amplificada, pero desde mi posición casi puedo asegurar que no fue así, sino que se aprovechó la peculiar construcción del Palau. Una voz importante, en todo caso.

En el papel de Amfortas, Evgueni Nikitin optó por una interpretación en la que buscaba más la belleza vocal que el patetismo. Ciertamente posee una voz bonita y de gran volumen, pero no es así como debe sonar Amfortas. No había dolor en su voz, no había desgarro, no transmitía toda la carga dramática que debía transmitir. Eso sí, vocalmente no se le pueden poner pegas.

Serguéi Leiferkus, un Klingsor en la más pura tradición caricaturesca de Franz Mazura, estuvo muy bien tanto en lo interpretativo como en lo vocal.

Me dejo lo peor para el final. Judit Németh fue una Kundry chillona, con agudos destemplados y con graves inaudibles. Estuvo a mucha distancia del resto del reparto, sin llegar a empañar la función pero sí destacando como lo más negativo. Sigo lamentando mi suerte por haber tenido que asistir a la única función donde no canta Violeta Urmana, que según me comentaron ayer en el primer entreacto, está cantando la mejor Kundry de su carrera, que es casi como decir la mejor Kundry a la que se puede aspirar hoy en día. Y pensar que en principio estaba programada Katarina Dalayman...

Y ahora, la polémica. Werner Herzog ha recibido críticas devastadoras tras esta producción de Parsifal, bastante inmerecidas según mi opinión. La puesta en escena se encuadra en el estilo neososo al que ya estamos acostumbrados en el Palau. En este caso, podíamos definirlo como una variante galáctica del neososismo. Neososo, aunque bonito, era el montaje de Fidelio con el que el Palau echó a andar. Neososos fueron los montajes de La Bruja, Simone Boccanegra, Carmen (este, además, fue un horror), Don Carlo y puede que alguno más que ahora no me viene a la memoria. Lo neososo no es ni bueno ni malo por sí solo, sólo es aburrido, monótono, pero al menos deja cantar a gusto y no distrae la atención del espectador con tonterías.

En este caso, hubo algunas pegas pues algunos elementos rozaban lo ridículo: la antenita giratoria del primer acto, los apliques halógenos del radiotelescopio que preside el Templo del Grial, el copón que no pega con el resto de la escenografía, toda la escena de las muchachas flor (aquí muchachas anémona) que parece sacada de La Sirenita y sobre todo el horroroso final, con la proyección de un Palau de les Arts transformado en platillo volante que surca el espacio. Si algún teatro compra esta producción supongo que se eliminará esta última parte y se dejará sólamente el cielo estrellado, con lo cual el final pasará de ser una mamarrachada a una escena de gran belleza plástica.

Pero no todo fue malo. La transformación del bosque en el Templo del Grial me gustó, la aparición de Klingsor en una plataforma elevada y su búsqueda de Pársifal con un foco que recorría todo el teatro fueron un acierto, el momento en el que Parsifal atrapa la lanza está muy bien resuelto y lo mejor, la iluminación es excelente, recordando por momentos al nuevo Bayreuth de Wieland Wagner.

En general, y exceptuando el final, una puesta en escena correcta, que no entrará en los libros de historia de la ópera pero que tampoco se merece la mayoría de comentarios negativos que está recibiendo. Eso sí, el final es vergonzoso e indigno de un artista como Herzog.

Se me olvidaba comentar que ayer hubo llenazo de habituales de los blogs en el Palau de les Arts, con la visita de Joaquim y Colbran que se unieron al grupo habital de valencianos en pleno. Con gente así da gusto ir a la ópera o a donde haga falta.

jueves, 3 de julio de 2008

Maazel anuncia que deja les Arts

Decíamos hace poco que había que disfrutar del actual nivel de la orquesta y de los dos principales directores del Palau de les Arts porque era imposible que esto durase para siempre. Pues bien, ayer mismo Lorin Maazel anunciaba en su web que no renovará su contrato con les Arts tras la próxima temporada. El motivo de su marcha es, según la web, la creación por parte de Maazel de un festival anual de música en Castleton (Virginia, EEUU). A causa del tiempo que le llevará poner en marcha ese proyecto, que empezará el 4 de julio del 2009, no podrá seguir al frente de la Ópera de Valencia.


Según informa el diario ABC, Helga Schmidt, intendente del Palau de les Arts, no pierde la esperanza de que Maazel acabe cambiando de idea y decida quedarse. Lo que todos nos preguntamos ahora es qué pasará si Maazel finalmente no renueva su contrato. ¿Contratarán a otro director de relumbrón a golpe de talonario o aprovecharan para reducir gastos? ¿Apostarán por alguien joven, estrategia que ha funcionado bien con muchos de los cantantes que nos han visitado, o preferirán volver a confiar en un veterano? ¿Se quedará Kynan Johns, hasta ahora ayudante de Maazel y director ocasional o se lo llevará con él a Castleton? En cualquier caso, quien venga se encontrará con una orquesta de una calidad inmensa y eso es mérito del maestro Maazel, que fue quien la montó, la puso a punto y la ha ido supervisando durante estas dos temporadas.

lunes, 21 de abril de 2008

Madama Butterfly en el Palau de les Arts - Más que correcta


Como ya comenté hace unos días, temía que la Madama Butterfly de Les Arts no pasase de la corrección. Al final tuve suerte y fue algo más, no mucho pero si algo más que correcta. Lo mismo se podía decir de la conocida puesta en escena de la Scala, es más que correcta, con momentos muy bellos y otros en los que quizá se podría haber buscado otra solución más innovadora, pero en general está bien. Gusta mucho a los que prefieren puestas clásicas que se ciñen al libreto y no desagrada a los que hubiesen preferido algo más rompedor. Eso sí, me parece excesiva la aparición en escena de figuras vestidas de gris que manipulan la escenografía, abren y cierran las puertas de la casa de Butterfly, etc... Entre el uniforme de monja-ninja que llevaban y su forma de caminar a lo Chiquito (cada vez que aparecían no podía dejar de pensar: "No puido, no puido...jaaarl!!!"), distraían la atención más que otra cosa.

Lorin Maazel siguió en su línea habitual, o sea, subidones de volumen cuando le parece apropiado y ralentización de los tempi en determinados pasajes a placer. Los subidones, a los que ya nos tiene acostumbrados, resultan muy expresivos en determinados pasajes, sobre todo cuando los cantantes sacan voz y consiguen sobreponerse a la orquesta. El problema llega cuando los cantantes están cantando un pasaje a media voz y Maazel decide subir el volumen orquestal y taparlos por completo. Ellos podrían hacer lo mismo y cantar más fuerte, pero la partitura les dice que no, que ese pasaje va en piano, o en mezzo forte. Respecto a la ralentización, destacable fue el coro a bocca chiusa en el que hizo sudar sangre a las pobres coristas alargando las notas todo lo que pudo. No quedó mal porque se trata de una página muy delicada que admite tal lectura, pero un poco más de brío no hubiera estado de más. Eso sí, el coro estuvo fenomenal, tanto en esta intervención como en las demás. Y la orquesta, excepto un par de fallos en los metales, siguió demostrando su excepcional estado de forma. Qué ganas tengo de que venga Mehta y la vuelva a hacer sonar como en los Wagner del año pasado.

Los cantantes estuvieron todos bien, especialmente la soprano china Hui He, con una voz potente y muy homogénea, aunque quizá falta de la inocencia necesaria para este personaje. Actoralmente estuvo muy metida en el personaje. Marina Rodríguez-Cusí como Suzuki nos dejó apabullados en el tercer acto con un registro grave potente y hermoso. Massimiliano Pisapia me gustó más que en el Boccanegra del año pasado, tiene unos agudos maravillosos, aunque le falta homogeneidad y los registros medio y grave no tienen ni la potencia ni la belleza del agudo. Aún así, supo sacar partido de su voz y cantó un dúo del primer acto de gran nivel. El resto, correcto sin más, incluído un Sharpless, Vasili Gerello, que no supo destacar a pesar de que su papel le ofrece varias oportunidades para hacerlo.

lunes, 31 de marzo de 2008

Requiem de Verdi en les Arts

Por fin pude entrar en el Auditorio del Palau de les Arts, situado en el decimoprimer piso del edificio. Una sala de gran capacidad y estéticamente muy llamativa, parece que uno esté en el interior del monstruo Leviatán. Desgraciadamente, el sonido no es nada bueno, al menos en la última fila que es donde yo estaba. Quizá sea la reverberación a causa del panel cerámico que Calatrava puso en el fondo, quizá sea simplemente que está mal construído, el caso es que cuando orquesta y coro subían el volumen el sonido llegaba de forma poco nítida. Era un sonido borroso, si se me permite la sinestesia. Además, en uno de los silencios escuché la sirena de una ambulancia en el exterior. Otro punto negativo es que sobre la orquesta hay una serie de paneles de cristal, supongo que tendrán una utilidad desde el punto de vista de la sonoridad, pero el caso es que me taparon totalmente al coro, excepto a la primera fila de sopranos. Y es que el coro está situado en las alturas, muy alejado de la orquesta.


Pero vamos a lo realmente importante, la música. El Requiem de Verdi es una obra grandiosa, en la tradición de Berlioz, aunque sin la exageración en los medios del francés. Aunque es falso que sea una ópera disfrazada de música religiosa, como tantas veces se ha dicho, conociendo algo sobre la vida del autor sí podemos decir que su intención a la hora de componer la obra no era la de crear música litúrgica, de hecho él mismo no era un hombre religioso y parece que hay motivos para pensar que ni siquiera era creyente, por lo que su Requiem sería más un lamento ante la muerte que una muestra de confianza en la salvación y la vida eterna. Hay varias razones para pensar así. Una de ellas es el tremendo Dies Irae, en el que se enfatiza lo terrible del día del juicio final con una música que no deja ni un rincón para la esperanza. Además, durante la obra, y saltándose la ortodoxia de la liturgia, Verdi hace regresar varias veces el tema del Dies Irae como queriendo remarcar que por mucho que las voces solistas en sus intervenciones supliquen clemencia el destino es inmutable. Otra de las razones para creer en la visión pesimista de la obra es el desasosegante final, con la soprano susurrando Libera me mientras la música se va apagando hasta desaparecer.

Lorin Maazel, con el que he sido bastante crítico comentando su dirección de orquesta en varias óperas, estuvo ayer impecable. Desde el principio del Requiem aeternam, con las cuerdas graves murmurando en el silencio y creciendo gradualmente, estaba claro que íbamos a presenciar todo un acontecimiento orquestal y así fue. En el Dies irae dió rienda suelta a su lado más dramático, consiguiendo un resultado óptimo. La orquesta y el coro estuvieron en su nivel de excelencia habitual, ya parece un tópico pero es lo que hay, son muy buenos y bien que lo disfrutamos los que podemos escucharlos.

Los solistas estuvieron todos muy bien, lo cual me sorprendió gratamente porque no las tenía todas conmigo. La soprano Micaela Carosi, reciente Aida en el Liceu, estuvo correcta, quizá algo mecánica en ciertas partes pero desde luego no en sus momentos más complicados, que resolvió con arrojo. Elena Maximova, la mezzosoprano, empezó algo dubitativa pero acabó gustándome. Su voz es muy bonita y muy rica en armónicos, lo que le permitió colorear sus frases con gran belleza. Al que más temía después de escuchar su reciente y deficiente Rinuccio en el Gianni Schicchi de La Scala era al tenor Vittorio Grigolo, y ciertamente fue el solista más heterogéneo del grupo, aunque finalmente acabó resolviendo bien su parte. Pecó quizá de un exceso de dramatismo, tanto en sus gestos como en su canto, así como de cierta linealidad, moviéndose todo el rato entre el forte y el fortissimo, algo que quedaba aún más patente por la comparación con el fraseo meticuloso y sosegado de Pape. En el aspecto positivo hay que destacar un timbre de gran belleza, joven, sano y con un brillo solar. Su entrega excesiva contrastaba con la sobriedad del bajo René Pape, estrella principal del cartel. Hay que destacar su inteligencia musical, su amplia gama de matices y su dominio del instrumento, una voz que aún en los momentos más exaltados conserva una textura suave y acariciadora.

Vamos a escuchar a René Pape cantando el Confutatis del Requiem de Verdi en el año 2001. Éste es uno de esos momentos que comentaba más arriba en el que Verdi hace volver el desesperanzador tema del Dies Irae respondiendo a la petición de clemencia del solista (gere curam mei finis, hazte cargo de mi destino).



Vídeo de Gabba02

martes, 26 de febrero de 2008

Una orquesta americana en Pyongyang


La New York Philharmonic Orchestra, la más veterana de las orquestas sinfónicas estadounidenses, ha ofrecido hoy martes 26 de febrero un concierto en Pyongyang, Corea del Norte. La formación, dirigida por Lorin Maazel (recordemos que también es director titular de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, la del Palau de les Arts) interpretó obras de Wagner, Dvorak y Gershwin, además de los himnos de EEUU y del país anfitrión.

Por encima del interés musical, la noticia tiene una clara vertiente política. ¿Cómo hemos de interpretar este evento? ¿Somos buenos y pensamos que la música servirá para hemanar dos naciones enemigas o pensamos mal (y acertaremos, si hacemos caso del refranero) y buscamos qué estrategia están siguiendo ambos gobiernos al mover esta ficha?

Maazel ha pronunciado unas palabras con las que no puedo estar más de acuerdo: "Es más cómodo quedarse en casa. Decir: no tocamos en este o en aquel país porque gobiernan dictadores. Nuestro país olvida ciertos hábitos que son poco ejemplares, por ejemplo, el modo en que tratamos a ciertos prisioneros (Guantánamo). Es más fácil denunciar los errores ajenos que admitir los propios". Hasta aquí todo bien, pero si tenemos en cuenta que el concierto ha sido promovido por el Departamento de Estado de EEUU quizá sus palabras nos puedan parecer demasiado ingenuas. Aún así, desde los medios más derechistas de EEUU se ha criticado duramente el concierto por conceder a Corea del Norte una respetabilidad que no se merece.

En cualquier caso, quedémonos con un dato importante: para muchos coreanos, ésta ha sido su toma de contacto con una música que jamás habían podido escuchar. Ojalá en el futuro conciertos como este no sean noticia. Os dejo con unos vídeos del concierto en cuestión en los que podremos escuchar fragmentos de la Novena Sinfonía de Dvorak, conocida como "del nuevo mundo".







Vídeos de sangdoo2