















El resto de papeles estuvieron cantados con corrección, destacando la Suzuki de Marianna Pizzolato y el Sharpless de Gevorg Hakobyan, a quien me quedo con ganas de escuchar en papeles con más opción para el lucimiento, pues su voz es muy buena y quisiera saber si la sabe aprovechar.
Pero, después de todo lo que he comentado, vuelvo al principio y digo que si hubo algo que me hiciese disfrutar por encima de todo fue la labor de Lorin Maazel. Con esos tempi lentos pero nunca relajados que ya son marca de la casa, se dedicó a diseccionar la partitura, detalle por detalle, exprimiendo la sonoridad de la orquesta que ayer sonó como en las mejores ocasiones. A diferencia de su anterior Butterfly, no hubo efectismos ni gestos de lucimiento de cara a la galería. El maestro consiguió con eso dotar a la obra de una uniformidad y de una coherencia que faltó entonces. Es curioso eso de mostrar todos los detalles y a la vez conseguir que el conjunto sea coherente, algo al alcance sólo de grandes directores y de grandes orquestas. Y ya que estamos, de grandes coros: excepcional el coro a bocca chiusa que cantaron bajo la dirección de Francesc Perales.





Y ahora, la polémica. Werner Herzog ha recibido críticas devastadoras tras esta producción de Parsifal, bastante inmerecidas según mi opinión. La puesta en escena se encuadra en el estilo neososo al que ya estamos acostumbrados en el Palau. En este caso, podíamos definirlo como una variante galáctica del neososismo. Neososo, aunque bonito, era el montaje de Fidelio con el que el Palau echó a andar. Neososos fueron los montajes de La Bruja, Simone Boccanegra, Carmen (este, además, fue un horror), Don Carlo y puede que alguno más que ahora no me viene a la memoria. Lo neososo no es ni bueno ni malo por sí solo, sólo es aburrido, monótono, pero al menos deja cantar a gusto y no distrae la atención del espectador con tonterías.
Decíamos hace poco que había que disfrutar del actual nivel de la orquesta y de los dos principales directores del Palau de les Arts porque era imposible que esto durase para siempre. Pues bien, ayer mismo Lorin Maazel anunciaba en su web que no renovará su contrato con les Arts tras la próxima temporada. El motivo de su marcha es, según la web, la creación por parte de Maazel de un festival anual de música en Castleton (Virginia, EEUU). A causa del tiempo que le llevará poner en marcha ese proyecto, que empezará el 4 de julio del 2009, no podrá seguir al frente de la Ópera de Valencia.
Los cantantes estuvieron todos bien, especialmente la soprano china Hui He, con una voz potente y muy homogénea, aunque quizá falta de la inocencia necesaria para este personaje. Actoralmente estuvo muy metida en el personaje. Marina Rodríguez-Cusí como Suzuki nos dejó apabullados en el tercer acto con un registro grave potente y hermoso. Massimiliano Pisapia me gustó más que en el Boccanegra del año pasado, tiene unos agudos maravillosos, aunque le falta homogeneidad y los registros medio y grave no tienen ni la potencia ni la belleza del agudo. Aún así, supo sacar partido de su voz y cantó un dúo del primer acto de gran nivel. El resto, correcto sin más, incluído un Sharpless, Vasili Gerello, que no supo destacar a pesar de que su papel le ofrece varias oportunidades para hacerlo.
Por fin pude entrar en el Auditorio del Palau de les Arts, situado en el decimoprimer piso del edificio. Una sala de gran capacidad y estéticamente muy llamativa, parece que uno esté en el interior del monstruo Leviatán. Desgraciadamente, el sonido no es nada bueno, al menos en la última fila que es donde yo estaba. Quizá sea la reverberación a causa del panel cerámico que Calatrava puso en el fondo, quizá sea simplemente que está mal construído, el caso es que cuando orquesta y coro subían el volumen el sonido llegaba de forma poco nítida. Era un sonido borroso, si se me permite la sinestesia. Además, en uno de los silencios escuché la sirena de una ambulancia en el exterior. Otro punto negativo es que sobre la orquesta hay una serie de paneles de cristal, supongo que tendrán una utilidad desde el punto de vista de la sonoridad, pero el caso es que me taparon totalmente al coro, excepto a la primera fila de sopranos. Y es que el coro está situado en las alturas, muy alejado de la orquesta.
Pero vamos a lo realmente importante, la música. El Requiem de Verdi es una obra grandiosa, en la tradición de Berlioz, aunque sin la exageración en los medios del francés. Aunque es falso que sea una ópera disfrazada de música religiosa, como tantas veces se ha dicho, conociendo algo sobre la vida del autor sí podemos decir que su intención a la hora de componer la obra no era la de crear música litúrgica, de hecho él mismo no era un hombre religioso y parece que hay motivos para pensar que ni siquiera era creyente, por lo que su Requiem sería más un lamento ante la muerte que una muestra de confianza en la salvación y la vida eterna. Hay varias razones para pensar así. Una de ellas es el tremendo Dies Irae, en el que se enfatiza lo terrible del día del juicio final con una música que no deja ni un rincón para la esperanza. Además, durante la obra, y saltándose la ortodoxia de la liturgia, Verdi hace regresar varias veces el tema del Dies Irae como queriendo remarcar que por mucho que las voces solistas en sus intervenciones supliquen clemencia el destino es inmutable. Otra de las razones para creer en la visión pesimista de la obra es el desasosegante final, con la soprano susurrando Libera me mientras la música se va apagando hasta desaparecer.
Lorin Maazel, con el que he sido bastante crítico comentando su dirección de orquesta en varias óperas, estuvo ayer impecable. Desde el principio del Requiem aeternam, con las cuerdas graves murmurando en el silencio y creciendo gradualmente, estaba claro que íbamos a presenciar todo un acontecimiento orquestal y así fue. En el Dies irae dió rienda suelta a su lado más dramático, consiguiendo un resultado óptimo. La orquesta y el coro estuvieron en su nivel de excelencia habitual, ya parece un tópico pero es lo que hay, son muy buenos y bien que lo disfrutamos los que podemos escucharlos.
Los solistas estuvieron todos muy bien, lo cual me sorprendió gratamente porque no las tenía todas conmigo. La soprano Micaela Carosi, reciente Aida en el Liceu, estuvo correcta, quizá algo mecánica en ciertas partes pero desde luego no en sus momentos más complicados, que resolvió con arrojo. Elena Maximova, la mezzosoprano, empezó algo dubitativa pero acabó gustándome. Su voz es muy bonita y muy rica en armónicos, lo que le permitió colorear sus frases con gran belleza. Al que más temía después de escuchar su reciente y deficiente Rinuccio en el Gianni Schicchi de La Scala era al tenor Vittorio Grigolo, y ciertamente fue el solista más heterogéneo del grupo, aunque finalmente acabó resolviendo bien su parte. Pecó quizá de un exceso de dramatismo, tanto en sus gestos como en su canto, así como de cierta linealidad, moviéndose todo el rato entre el forte y el fortissimo, algo que quedaba aún más patente por la comparación con el fraseo meticuloso y sosegado de Pape. En el aspecto positivo hay que destacar un timbre de gran belleza, joven, sano y con un brillo solar. Su entrega excesiva contrastaba con la sobriedad del bajo René Pape, estrella principal del cartel. Hay que destacar su inteligencia musical, su amplia gama de matices y su dominio del instrumento, una voz que aún en los momentos más exaltados conserva una textura suave y acariciadora.
Vamos a escuchar a René Pape cantando el Confutatis del Requiem de Verdi en el año 2001. Éste es uno de esos momentos que comentaba más arriba en el que Verdi hace volver el desesperanzador tema del Dies Irae respondiendo a la petición de clemencia del solista (gere curam mei finis, hazte cargo de mi destino).
Vídeo de Gabba02
