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lunes, 4 de abril de 2011

L'elisir d'amore en la playa

Ayer asistí a la cuarta de las funciones de L'elisir d'amore en el Palau de les Arts y debo decir que salí contento, algo que aún no me había pasado esta temporada. No fue una noche perfecta, no es tampoco un título que me apasione, pero me divertí y tuve la oportunidad de disfrutar con un gran cantante como es Ramón Vargas.

Hay cierta división de opiniones entre los aficionados que han asistido a estas funciones y creo que el motivo principal de tal disparidad está más en la puesta en escena de Damiano Michieletto que en lo musical. Se trata de una coproducción entre el Palau de les Arts y el Teatro Real que ha visto la luz por primera vez en estas funciones y cuya idea principal consiste en trasladar la acción a una playa de nuestra época, transformando a Nemorino en un socorrista, a Adina en la dueña de un chiringuito, a Belcore en un marino de permiso y a Dulcamara (y esto ha sido lo más polémico) en un camello. Tenía mis reservas sobre esto último, es un tema delicado y no sabía si Michieletto lo habría sabido manejar adecuadamente, pero lo cierto es que me convenció, y una gran mayoría del público pareció incluso simpatizar más con Dulcamara que con los otros personajes. En conjunto, mi opinión es que la actualización playera es todo un acierto, pues sigue siendo un paisaje tan costumbrista como el original pero mucho más dinámico y divertido para el público actual. Y es que para tragarse un Elisir con una escenografía fiel al libreto a estas alturas hay que tener voluntad. Además, la publicidad que se hace de tres marcas comerciales presentes en la escenografía supongo que habrá generado ciertos ingresos que no vendrán nada mal.
Dicen quienes asistieron a las primeras representaciones que a Omer Meir Wellber se le fue un poco la mano con las dinámicas, pero ayer estuvo muy controlado y no salió de una eficiente corrección, impersonal y sin demasiada chispa, pero corrección al fin y al cabo. La orquesta volvió a lucir su sonido impecable y el coro volvió a destacar por su calidad, además de por lo bien que actuaron en una puesta en escena que los mantiene casi siempre en escena.

Entre los solistas, el mejor con diferencia fue el tenor mexicano Ramón Vargas, un cantante elegante, con buen gusto y un técnica sólida. Su voz, antaño brillante y de gran belleza, se ha tornado opaca y ha perdido parte de su atractivo, algo normal en un cantante con treinta años de carrera a sus espaldas. Este deterioro, nada alarmante pero incuestionable, fue especialmente notorio durante sus primeras intervenciones, pero a medida que avanzaba la obra la voz de Vargas iba calentándose y ganando en presencia y calidad. Sin embargo, no fue su voz sino su arte lo que disfrutamos más ayer, especialmente en la famosa Una furtiva lagrima, que cantó de forma exquisita, recreándose con unos reguladores y un alarde de fiato de primer nivel. En la faceta actoral, Vargas estuvo muy entregado, componiendo un Nemorino ingenuo pero sin caer en la caricatura.

Por contra, Aleksandra Kurzak no me gustó como Adina. Quizá esperaba algo más, dado que para muchos es una de las promesas más firmes del belcantismo, pero lo cierto es que no me gustó ni su voz, con un timbre agrio en los agudos y sin graves, ni cómo resolvió las agilidades, ni me pareció que destacara por nada en su interpretación. No se si tuvo un mal día o es que no supe apreciar los detalles que han gustado a otros oyentes, pero me pareció una cantante de lo más normalito.

Ilona Mataradze me gustó más en su breve intervención como Gianetta. Tiene una voz bonita y que corre adecuadamente y estuvo muy metida en su papel.

Fabio Capitanucci lució una voz de barítono sana y joven y también se involucró mucho en su actuación como Belcore, pero se echó en falta algo más de imaginación en el fraseo.

Y por último, Erwin Schrott, ya un habitual del Palau de les Arts, demostró una vez más con su Dulcamara la calidad de su voz, grande y bien proyectada, y lo mal que la utiliza a causa de su mal gusto como intérprete. Histriónico hasta lo desagradable, sobreactuado, perdiendo la impostación cada dos por tres en busca de efectos supuestamente cómicos que desestabilizaban la linea de canto hasta hacerla casi irrecinocible (se cargó la barcarola del segundo acto él solito, mientras la pobre Kurzak intentaba cantarla como se debe), uno no puede dejar de lamentar que una voz de calidad se use de esa forma. Sin embargo, el público le aplaudió a rabiar, casi tanto como a Vargas, lo cual me hace ser muy pesimista sobre el futuro de la interpretación operística. Ojalá Schrott acabe topándose con un director musical que lo meta en cintura, pues los cantantes con tendencia al desmelene suelen necesitar de un director fuerte que los frene (como Mario del Monaco con Mitropoulos o Karajan, que lo llevaban atado en corto y le sacaron sus mejores interpretaciones). Si alguna vez algún teatro reuniese al Dulcamara de Schrott y al Nemorino de Villazón en un mismo Elisir, tiemblo solo de pensar lo que podría pasar.

lunes, 16 de noviembre de 2009

La scala di seta en el Martín i Soler

La scala di seta en el ROF. La puesta en escena es la misma que pudimos ver ayer en el Palau de les Arts.

El teatro Martín i Soler, la más pequeña de las salas que forman el Palau de les Arts de Valencia, acogió ayer una representación de la ópera bufa de Rossini La scala di seta. Los intérpretes fueron alumnos del Centro de perfeccionamiento Plácido Domingo, entidad vinculada al Palau de les Arts y dirigida por Alberto Zedda, quien también se encargó de la dirección musical en esta representación.

Antes de seguir he de introducir un párrafo reivindicativo, ya me conocéis. La scala di seta apareció en la programación de Les Arts haciendo honor a su nombre, como una seta, de la noche a la mañana. Un día uno entra en la web de Les Arts y descubre que hay un par de funciones de esta obra anunciadas. Sin embargo no se pueden comprar entradas por internet y los empleados que atienden la venta telefónica ni siquiera se han enterado de la aparición de este título. Vamos mal. Finalmente, se pone en marcha la venta de entradas. Como un primo, uno va y se la compra. Pasan los días y la cosa no avanza, parece que a la gente no le interesa la obra, o los cantantes, o el teatro, o posiblemente ni siquiera se han enterado de que ha aparecido una seta en la programación. El Palau de les Arts, siguiendo su línea de desprecio contínuo al abonado, hace públicos una serie de descuentos, para abonados, para grupos... en algunos casos llegaban hasta el 50%. Pues bien, yo, que soy abonado y que podía haber formado parte de un grupo con solo mandar un par de e-mails, me quedo con mi entrada pagada a tocateja sin descuento ninguno. Mensaje captado, la próxima vez que salga una seta se va a comprar una entrada Rita la cantaora. En todo caso, cuando empiecen a aparecer descuentos, bien sea porque les entra el pánico al ver que incluso una sala de aforo muy reducido amenaza con quedar vacía, bien sea porque la descordinación en la gestión hace que los descuentos aparezcan cuando ya se han vendido entradas a precio completo, probaré a ver si puedo comprar algo.

Superado el cabreo inicial, vamos a centrarnos en la función de ayer, en la que creo que todos los asistentes (al final el teatro se llenó, no sé cómo ni por qué) disfrutamos mucho, y eso que la obrita no da para mucho. La scala di seta, para quien no la conozca, es la típica comedia de enredo con el típico tutor viejuno que quiere casar a su pupila con un señor, la típica pupila que no quiere casarse con ese señor porque está enamorada de otro, el típico tenor que está enamorado de la pupila, el personaje tonto que se pasa la obra haciendo gracietas y liando la madeja... en fin, lo mismo que ya hemos visto un millón de veces y que sólo nos conseguirá entretener si nos lo sirven bien presentado, tanto en lo musical como en lo escénico.

De lo primero se encargó Alberto Zedda, una leyenda viva del rossinianismo, dirigiendo a la Orquestra de la Comunitat Valenciana con el brío que le caracteriza, quizá excesivo, aunque en este repertorio más vale pecar por exceso que por defecto. Sobresaliente para él y para los músicos que respondieron tan bien como se espera de esta formación.


De entre los alumnos del centro de perfeccionamiento, destacó la soprano Dolores Lahuerta en el papel protagonista (Giulia). Posee un instrumento de gran volumen, con un personalísimo timbre metálico que no le resta belleza. Su voz se afianza en los agudos, atacados con seguridad y repletos de brillo. No tuvo ningún problema con las agilidades, incluso cuando la producción le obligaba a realizarlas en situaciones de lo más inverosímil. Nos quedamos con ganas de escucharla en papeles de más enjundia.

Aunque con un inicio dubitativo, el barítono Lluís Martínez, quien encarnaba al criado Germano, se convirtió en el otro triunfador de la función, sobre todo gracias a su aria, en la que pudo lucir un amplio rango vocal con unos graves estupendos. Resolvió con efectividad un papel mucho mas complejo que agradecido e hizo gala de una excelente vis cómica.

El tenor que se encargó de Dorvil, el colombiano Hans Ever Mogollón, tiene un instrumento mucho más limitado que el de sus dos compañeros. Defendió el papel con dignidad y de forma inteligente evitó comprometerse con agudos imposibles, pero su actuación quedó lastrada por la comparación con los dos cantantes ya mencionados.

Muy por detrás, Isaac Galán como Blansac y Ekaterina Metlova como Lucilla, aunque en ambos casos es destacable su implicación actoral. Del Dormont de Javier Tomé poco se puede decir por tratarse de un personaje de poca importancia y sin apenas texto.

La puesta en escena de Damiano Michieletto recién traida del Rossini Opera Festival de Pesaro (dirigido también por Alberto Zedda) fue un acierto y ayudó al éxito de la función, aunque hay aspectos mejorables. Sobre el escenario aparece un plano arquitectónico a escala natural, reflejado en un espejo inclinado en la perte superior. los cantantes se mueven por el plano como si lo hiciesen por un piso real, simulando que abren y cierran puertas inexistentes o que se apoyan en paredes que sólo están dibujadas en el suelo. ¿Acaso hay alguna relación entre la obra y la arquitectura? No, pero es una estratagema muy inteligente, porque la ausencia de paredes permite al público ver a todos los personajes en todo momento y así entender mejor una trama muy enrevesada. Estéticamente, la escenografía obra de Paolo Fantin es impecable.

Ahora bien ¿se quejaba parte del público de que en Les Troyens no había ni un solo momento de estatismo? Pues aquí se llega a lo frenético. No hay ni una sola aria en la que, mientras un personaje canta, no haya otro haciendo payasadas y distrayendo la atención del público. Yo, con mi manía de fijarme en quien está cantando, me perdí la mitad de las gracietas. Incluso los cantantes se ven forzados a realizar movimientos de todo tipo mientras cantan, y no es que lo que cantan sea fácil ni mucho menos. ¿Nos molestaban los ruidos que hacían los fureros en escena? Aquí un grupo de personajes vestidos con monos de trabajo se encargan de llenar de muebles ruidosamente un escenario, inicialmente vacío durante la obertura, que por cierto es lo más destacable de la obrita y que se ve seriamente perjudicada por el barullo general. A mí no me molestó ni el exceso de imágenes de la Fura ni su horror vacui, sin embargo ayer habría agradecido algo más de tranquilidad en la dirección de actores y sobre todo, una obertura silenciosa y con el telón bajado, que es como deberían ser todas las oberturas por decreto-ley.

Podéis leer la crónica de Atticus, tan completa y bien escrita como es habitual en él, pinchando AQUÍ.