
Hoy he entrado por primera vez en el Teatre Martín i Soler, la sala del Palau de les Arts destinada a óperas de cámara y que hasta ahora sólo había acogido conciertos. Es una sala pequeña y con buena acústica, con visibilidad total desde todas las localidades y con una pendiente tan pronunciada y un foso tan pequeño que uno tiene la sensación de estar prácticamente encima de los cantantes, sobre todo cuando está acostumbrado a ver las óperas en la sala principal desde la última fila del cuarto piso.
Creo que también ha sido la primera vez que asisto a una representación sin haber escuchado ni una sola nota de la ópera en cuestión, y no es que no lo haya intentado, pero no he podido conseguir una grabación de ningún modo. Y es una injusticia, porque el público ha disfrutado mucho con la obra, por lo que me alegro de que haya planes para emitirla por Canal Nou y editarla en DVD. Tenía miedo, recuerdo que Il burbero di buon cuore, del mismo autor, fue apaleada por la crítica, que la consideró mayoritariamente un ladrillo, cuando se programó en el Teatro Real de Madrid. Sin embargo L'arbore di Diana me ha parecido una obra que realmente merece la pena, que entretiene a pesar de lo enrevesado del argumento (muy similar al de La flauta mágica, por cierto) y que contiene números muy logrados. Las comparaciones con Mozart, tratándose de Martín i Soler y de un libreto de Lorenzo da Ponte, son inevitables, y aunque es evidente que el genio musical de Mozart es inigualable, lo cierto es que Martín i Soler no le va muy por detrás en esta obra.
Antes que nada, mencionaré la puesta en escena de Daniel Slater, que con muy pocos medios consigue excelentes resultados. Una escalera de caracol por la que sube y baja el dios Amore, unos ventanales con persianas que se abren y cierran en determinados momentos, dos sofás (por llamarlos de alguna forma) que entran y salen de escena y tres puertas, esos son todos los ingredientes de esta producción, y bien usados dan para mucho.
Antes que nada, mencionaré la puesta en escena de Daniel Slater, que con muy pocos medios consigue excelentes resultados. Una escalera de caracol por la que sube y baja el dios Amore, unos ventanales con persianas que se abren y cierran en determinados momentos, dos sofás (por llamarlos de alguna forma) que entran y salen de escena y tres puertas, esos son todos los ingredientes de esta producción, y bien usados dan para mucho.La Orquestra de la Comunitat Valenciana, hoy reducida a su mínima expresión, estuvo dirigida por Rubén Dubrovsky. Es dificil valorar su labor cuando no se conoce la obra, pero en general me pareció una dirección correcta y sobria, lo que para algunos será elegante y para otros plano. Yo me cuento entre los primeros.
Vocalmente destacan la soprano y la mezzo que encarnan a la diosa Diana y al dios Amor, Ofelia Sala y Marina Comparato respectivamente. Ofelia Sala tuvo que enfrentarse al aria más difícil de toda la obra, Sento che Dea son io, con saltos interválicos y complicada coloratura de la que no salió del todo airosa. Es cierto que en ese aria dió lo mejor de sí misma, pero también es cierto que la coloratura no fue siempre limpia y que hubo algunas desafinaciones. Eso sí, habría que ver cuántas sopranos pueden hacerle justicia a tan enrevesada partitura. Una vez superada esta prueba, el resto de la obra no supuso ningún problema para ella y pudimos disfrutar de un final del primer acto y de todo un segundo acto muy bien cantados. Sin embargo, me gustó más Marina Comparato como Amore. Su voz es ancha, con más volumen y con un timbre muy atractivo, homogéneo en todos los registros. Su papel no es tan exigente como el de Diana en lo canoro pero sí en lo interpretativo, pues es quien lleva en todo momento el peso de la acción, y escénicamente Marina Comparato estuvo espléndida. Silvia Vázquez, Sandra Ferrández y Cristina Faus, muy bien como Britomarte, Clizia y Cloe respectivamente, papeles breves pero importantes para el desarrollo de la acción.
Entre los hombres, Christian Senn, a quien conocíamos por su Zoroastro en el Orlando de Haendel, se ha encontrado mucho más cómodo en una tesitura baritonal como es la de Doristo, un precursor del Papageno mozartiano. De los dos tenores, me quedo con el ruso Dmitri Korchak (Endimione) por la belleza de su voz y su elegancia en el fraseo. El ganador del concurso Operalia de este año, Joel Prieto (Silvio), sin hacerlo mal en ningún momento, perdía en la comparación, pero más por méritos de Korchak que por deméritos propios.
Entre los hombres, Christian Senn, a quien conocíamos por su Zoroastro en el Orlando de Haendel, se ha encontrado mucho más cómodo en una tesitura baritonal como es la de Doristo, un precursor del Papageno mozartiano. De los dos tenores, me quedo con el ruso Dmitri Korchak (Endimione) por la belleza de su voz y su elegancia en el fraseo. El ganador del concurso Operalia de este año, Joel Prieto (Silvio), sin hacerlo mal en ningún momento, perdía en la comparación, pero más por méritos de Korchak que por deméritos propios.