Muchas veces uno lee por ahí que la ópera barroca es aburrida y que es mejor representarla en versión concierto porque apenas se presta a la dramaturgia. El primer argumento, no nos andemos con tonterías, es falso. Habrá quien se aburrirá porque tiene que haber gente para todo, pero la ópera barroca no es objetivamente aburrida, o por lo menos no más que cualquier otra corriente musical. El segundo argumento también es falso y eso se pudo comprobar ayer en una gran velada musical que hubiese sido apoteósica de haberse representado en un teatro pero que quedó en cierta medida lastrada por la falta de dramaturgia.No hubo ayer escenografía, ni vestuario, pero sí hubo actuación. Lawrence Zazzo (Giulio Cesare) se movió por todo el escenario, gesticuló, corrió, abrazó a Cleopatra, le ofreció una diadema que sólo existía en su imaginación y en el libreto. La primera vez que pude verlo ya noté que le costaba mucho permanecer quieto y cantar sin actuar, y eso que entonces cantaba el Mesías y poca actuación puede haber en esa obra. Ayer volví a comprobar que está mucho más cómodo actuando que cantando sin más. Pero no penséis los que no pudisteis venir que Zazzo es un caso de hiperactividad a lo Villazón, nada más lejos de la realidad. No resultó histriónico ni se movió más de lo natural, simplemente actuó como si de una ópera representada se tratara, lo que fue de agradecer porque al fin y al cabo, por mucha versión concierto que fuese, lo que estábamos escuchando era una ópera. Vocalmente me gustó mucho, sin tener el instrumento privilegiado y la inteligencia musical de un Jaroussky es capaz de mantener una línea de canto muy natural y de alcanzar unos sonidos de gran belleza. Hubo un momento, durante un recitativo, en el que mantuvo un pianissimo durante varios segundos (con la complicidad del director, obviamente) y me dejó con la boca abierta, es uno de los sonidos más bellos que he escuchado en mi vida. Desgraciadamente, uno de sus principales momentos de lucimiento, el aria Va tacito, se vió perjudicada por las desafinaciones en la trompa, aunque el da capo fue perfecto, pero pudo resarcirse cantando un Se in fiorito ameno prato de antología.
Sandrine Piau (Cleopatra) no estaba muy por la labor de actuar, pero sí por la de cantar estupendamente. Aunque empezó con corrección pero algo falta de chispa, acabó conquistando al público en una emocionante Se pietà di me non senti. Sólo por escucharla en esa aria ya valió la pena asistir al concierto de ayer.
El resto de los cantantes estuvieron correctos, pero poco más. No me acabaron de convencer las dos mezzos suecas Kristina Hammarström (Cornelia) y Malena Ernman (Sesto), ni el bajo-barítono Nicolas Rivenq (Aquilla).
Lo mejor fue, como esperaba, la Orquesta Barroca de Friburgo y su director René Jacobs. Sólo la conjunción entre un director tan expresivo y una orquesta que es como una maquina de precisión puede contar con una gama tan amplia de dinámicas y matices. En manos de Jacobs, una partitura que se ha interpretado miles de veces cobra un nuevo sentido, es capaz de hacer que hasta las piezas más conocidas de la obra suenen de una forma nueva y diferente. Con Jacobs, incluso los recitativos más rutinarios adquieren un brillo especial, lo que hace que el espectador esté enganchado al conjunto de la obra más que a arias sueltas. Un director como la copa de un pino que parece tener una querencia especial por el Auditorio de Castellón, lo que es un motivo de alegría para mí. 