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lunes, 2 de abril de 2012

Thaïs en Les Arts, un merecido éxito

Tercera función de Thaïs y, dicen quienes estuvieron en las anteriores, la más lograda hasta el momento, sobre todo gracias a la mejora en la dirección musical de Patrick Fournillier y al mayor dominio del papel de Athanaël por parte de Plácido Domingo. Vamos, que por fin se lo ha aprendido. Y uno se pregunta, si le ha costado una semana aprendérselo, ¿por qué no empezó a estudiarlo una semana antes?

Poco hay que añadir a las fantásticas crónicas de Atticus (1ª función) y maac (2ª función), así que seré breve. En general, una muy buena función en la que tanto los intérpretes como los cuerpos estables, la dirección musical y la dirección de escena estuvieron a un alto nivel.

Patrick Fournillier, como en sus anteriores visitas al Palau de les Arts, demuestra que conoce bien la partitura, que domina el estilo y que sabe sacar partido de la calidad de la Orquestra de la Comunitat Valenciana. No hubo genialidades en su dirección, pero a mí me gustó su visión de la obra, coherente, con un sonido muy limpio y  respetuosa con los cantantes. También el Cor de la Generalitat Valenciana me gustó (como es habitual), especialmente los cenobitas.


Aunque en este caso no fuese el mayor atractivo del reparto (sí la más atractiva, pero eso es otro cantar), la protagonista de la obra es Thaïs, así que empezaremos a repasar la actuación de los solistas por su intérprete, Malin Byström. Su voz es muy bonita, con un personal tinte oscuro, pero carece de graves audibles y sus agudos resultan siempre tirantes y problemáticos y en más de una ocasión calados, lo que reduce considerablemente la tesitura en la que puede lucir su belleza tímbrica con efectividad. Lo compensa, en parte, con un canto elegante y una correcta actuación. ¿Es una buena soprano? Sin duda, pero no creo que sea el de Thaïs el papel que mejor le permite demostrarlo.

Plácido Domingo, que en la primera función aún no tenía el papel bien aprendido, se debe haber puesto las pilas porque ayer parecía que llevaba años cantándolo. Reconozco que cuando leía crónicas en blogs, prensa y foros que le alababan y decían que viéndole sobre las tablas uno olvidaba que no era un auténtico barítono creía que mentían, que exageraban. Todos sabemos que no son pocos quienes creen que Domingo siempre está bien, incluso cuando está mal, y que hay que poner en cuarentena cualquier afirmación relacionada con él o podemos acabar creyendo que su Simon Boccanegra es el mejor de la historia, que su Siegmund actual suena juvenil o que domina el estilo de la ópera barroca, todas ellas afirmaciones que he leído yo con estos ojitos y que son, digámoslo claramente, falsas. Pues bien, lo de que uno se olvida de que no es un barítono es cierto, o al menos lo fue para mí, tan grande es su carisma y su habilidad para llevarse la partitura a su terreno. No niego que hubo graves que sonaron de aquellas maneras, que estaba más cómodo en los pasajes de escritura más aguda y que cambiaba las vocales a placer, pero es innegable que su actuación fue loable y sorprendente en alguien de su edad, tanto en lo vocal como en lo actoral.



Me gustó el bajo Gianluca Buratto como Palémon,  con una voz algo baritonal pero potente y bien emitida (y al fin y al cabo, que mejor que un bajo baritonal para acompañar a un tenor metido a barítono). El Nicias de Paolo Fanale, en cambio, no estuvo al nivel de sus compañeros de reparto. Empezó muy fuerte, cantando con una entrega excesiva, quizá queriendo compensar el hecho de que su material vocal era el más pobre de todo el reparto, pero fue perdiendo fuelle hasta resultar casi inaudible en su última aparición al final del segundo acto. La voz es bonita, eso sí. Bien Micaëla Oeste (Crobyle), Marina Rodríguez-Cusí (Myrtale) y María José Suárez (Albine) en sus breves papeles, así como Aldo Heo (sirviente).

La puesta en escena de Nicola Raab me gustó mucho, ante todo por su gran belleza y efectividad, pero también por cómo maneja el concepto de teatro dentro del teatro. Ya sé que eso está más visto que el tebeo, pero hay que saber hacerlo, y en esta puesta en escena se hace bien. Tenía mis dudas sobre cómo iba a sentarle al libreto el traslado al siglo XIX que propone Raab, pero la verdad es que le sienta estupendamente, y transformar a los cenobitas en masones y a Thaïs en una diva de la escena son grandes aciertos. Luego hay otros detalles que gustarán más o menos, pero el cómputo global es para mí muy positivo. Y ya tenía ganas de poder decir eso de una puesta en escena, sobre todo después de la mamarrachada del Don Giovanni de Jonathan Miller, que aún no he conseguido olvidar.

domingo, 15 de marzo de 2009

Cosí fan tutte en el Palau de les Arts: Entre la corrección y el tedio

Según comentaban quienes han podido escucharla, lo mejor de estas funciones de Così fan tutte en el Palau de les Arts de Valencia está siendo la veterana Barbara Frittoli, lo único destacable entre la monotonía de unos cantantes y una direcció musical que se mueve entre la corrección y el tedio. Pues bien, como nuestra querida y admirada Helga tuvo a bien, una vez ya se habían adquirido los abonos, anunciar que los días 11 y 14 de marzo Barabara Frittoli sería sustituida por Alexandra Deshorties, me quedaré sin poder escuchar lo mejor del Così. Gracias Helga, cómo nos cuidas.

No voy a extenderme mucho con los cantentes, no hay mucho que decir. Tanto Nino Surguladze (Dorabella) como Joan Martín-Royo (Guglielmo) cantaron todas sus notas sin brillar en ningún momento, sin sacar de la partitura el encanto que esta encierra. Ambos poseen voces ricas y carnosas, pero estilísticamente están muy alejados del canto mozartiano.

Alexandra Deshorties (Fiordiligi) tiene una voz potente pero carece de la deseada homogeneidad entre registros. Sus graves fueron claramente insuficientes y su registro agudo estaba más gritado que cantado. Todos estos defectos quedaron patentes en un Come scoglio para olvidar, donde además se le atragantaron las agilidades. Una vez superado este tour de force, se sumió en la monotonía imperante, camuflando sus defectos pero sin mostrar sus virtudes, caso de tenerlas. Obviamente, conociendo la querencia por las voces grandes de gran parte del público, fue la más aplaudida de entre los cantantes.

Joel Prieto junto a Plácido Domingo

Lo más destacable de la noche fue Joel Prieto (Ferrando). El ganador del concurso Operalia 2008, a quien ya escuchamos recientemente en L'Arbore di Diana, debutaba el papel de Ferrando en estas funciones y lo hacía de forma notable, mejorando con mucho su rendimiento respecto a la ópera de Martín y Soler. Su interpretación de Un'aura amorosa estuvo muy en estilo y sirvió para despertar a un público adormecido por las lecturas planas de sus compañeros de reparto.

Tanto Eleonora Buratto (Despina), con una voz pequeña pero suficiente como Natale De Carolis (Don Alfonso) cumplieron con solvencia en sus papeles, sin destacar en lo bueno ni en lo malo. La verdad es que esperaba algo mejor de un bajo tan experimentado como De Carolis, pero tampoco se le puede echar nada en cara.

El coro estuvo correcto en sus breves intervenciones, perjudicado por su situación en la escena, y la orquesta sonó apagada debido a una dirección excesivamente plana por parte del checo Tomás Netopil, que no supo dotar a la lectura orquestal de la gracia que otros directores han logrado extraer de la partitura ni hizo sonar a la orquesta con el brillo que sabemos que puede alcanzar.


La puesta en escena creada para el Festival de Glyndebourne por Nicholas Hytner y dirigida en esta ocasión por Bruno Ravella es de corte clásico con guiños minimalistas, muy del estilo de lo que estamos acostumbrados a ver por el Palau de les Arts con mayor o menor fortuna. Como ya pasó en Esponsales en el monasterio, también procedente de Glyndebourne, la diferencia de tamaño entre los escenarios de uno y otro teatro hace que la escena quede como un pegote en medio de las tablas del Palau, con los laterales y la parte superior tapados y desaprovechados. Como suele pasar en las producciones clásicas, el vestuario de época está muy logrado. La iluminación también fue destacable, contrastando el vivo azul del cielo con la claridad de la escenografía y el vestuario. Sin embargo, desde los pisos superiores vimos como el último cuadro quedaba parcialmente tapado por la aparición de un horrible toldo de color granate (que además dio problemas al ser colocado). Exceptuando el detalle del toldo, una buena producción, estéticamente muy acertada, que deja cantar a gusto a los cantantes pero que no aporta nada nuevo a la obra. Tampoco es que tenga por qué hacerlo.