La scala di seta en el ROF. La puesta en escena es la misma que pudimos ver ayer en el Palau de les Arts.El teatro Martín i Soler, la más pequeña de las salas que forman el Palau de les Arts de Valencia, acogió ayer una representación de la ópera bufa de Rossini La scala di seta. Los intérpretes fueron alumnos del Centro de perfeccionamiento Plácido Domingo, entidad vinculada al Palau de les Arts y dirigida por Alberto Zedda, quien también se encargó de la dirección musical en esta representación.
Antes de seguir he de introducir un párrafo reivindicativo, ya me conocéis. La scala di seta apareció en la programación de Les Arts haciendo honor a su nombre, como una seta, de la noche a la mañana. Un día uno entra en la web de Les Arts y descubre que hay un par de funciones de esta obra anunciadas. Sin embargo no se pueden comprar entradas por internet y los empleados que atienden la venta telefónica ni siquiera se han enterado de la aparición de este título. Vamos mal. Finalmente, se pone en marcha la venta de entradas. Como un primo, uno va y se la compra. Pasan los días y la cosa no avanza, parece que a la gente no le interesa la obra, o los cantantes, o el teatro, o posiblemente ni siquiera se han enterado de que ha aparecido una seta en la programación. El Palau de les Arts, siguiendo su línea de desprecio contínuo al abonado, hace públicos una serie de descuentos, para abonados, para grupos... en algunos casos llegaban hasta el 50%. Pues bien, yo, que soy abonado y que podía haber formado parte de un grupo con solo mandar un par de e-mails, me quedo con mi entrada pagada a tocateja sin descuento ninguno. Mensaje captado, la próxima vez que salga una seta se va a comprar una entrada Rita la cantaora. En todo caso, cuando empiecen a aparecer descuentos, bien sea porque les entra el pánico al ver que incluso una sala de aforo muy reducido amenaza con quedar vacía, bien sea porque la descordinación en la gestión hace que los descuentos aparezcan cuando ya se han vendido entradas a precio completo, probaré a ver si puedo comprar algo.
Superado el cabreo inicial, vamos a centrarnos en la función de ayer, en la que creo que todos los asistentes (al final el teatro se llenó, no sé cómo ni por qué) disfrutamos mucho, y eso que la obrita no da para mucho. La scala di seta, para quien no la conozca, es la típica comedia de enredo con el típico tutor viejuno que quiere casar a su pupila con un señor, la típica pupila que no quiere casarse con ese señor porque está enamorada de otro, el típico tenor que está enamorado de la pupila, el personaje tonto que se pasa la obra haciendo gracietas y liando la madeja... en fin, lo mismo que ya hemos visto un millón de veces y que sólo nos conseguirá entretener si nos lo sirven bien presentado, tanto en lo musical como en lo escénico.
De lo primero se encargó Alberto Zedda, una leyenda viva del rossinianismo, dirigiendo a la Orquestra de la Comunitat Valenciana con el brío que le caracteriza, quizá excesivo, aunque en este repertorio más vale pecar por exceso que por defecto. Sobresaliente para él y para los músicos que respondieron tan bien como se espera de esta formación.

De entre los alumnos del centro de perfeccionamiento, destacó la soprano Dolores Lahuerta en el papel protagonista (Giulia). Posee un instrumento de gran volumen, con un personalísimo timbre metálico que no le resta belleza. Su voz se afianza en los agudos, atacados con seguridad y repletos de brillo. No tuvo ningún problema con las agilidades, incluso cuando la producción le obligaba a realizarlas en situaciones de lo más inverosímil. Nos quedamos con ganas de escucharla en papeles de más enjundia.
Aunque con un inicio dubitativo, el barítono Lluís Martínez, quien encarnaba al criado Germano, se convirtió en el otro triunfador de la función, sobre todo gracias a su aria, en la que pudo lucir un amplio rango vocal con unos graves estupendos. Resolvió con efectividad un papel mucho mas complejo que agradecido e hizo gala de una excelente vis cómica.
El tenor que se encargó de Dorvil, el colombiano Hans Ever Mogollón, tiene un instrumento mucho más limitado que el de sus dos compañeros. Defendió el papel con dignidad y de forma inteligente evitó comprometerse con agudos imposibles, pero su actuación quedó lastrada por la comparación con los dos cantantes ya mencionados.
Muy por detrás, Isaac Galán como Blansac y Ekaterina Metlova como Lucilla, aunque en ambos casos es destacable su implicación actoral. Del Dormont de Javier Tomé poco se puede decir por tratarse de un personaje de poca importancia y sin apenas texto.
La puesta en escena de Damiano Michieletto recién traida del Rossini Opera Festival de Pesaro (dirigido también por Alberto Zedda) fue un acierto y ayudó al éxito de la función, aunque hay aspectos mejorables. Sobre el escenario aparece un plano arquitectónico a escala natural, reflejado en un espejo inclinado en la perte superior. los cantantes se mueven por el plano como si lo hiciesen por un piso real, simulando que abren y cierran puertas inexistentes o que se apoyan en paredes que sólo están dibujadas en el suelo. ¿Acaso hay alguna relación entre la obra y la arquitectura? No, pero es una estratagema muy inteligente, porque la ausencia de paredes permite al público ver a todos los personajes en todo momento y así entender mejor una trama muy enrevesada. Estéticamente, la escenografía obra de Paolo Fantin es impecable.
Ahora bien ¿se quejaba parte del público de que en Les Troyens no había ni un solo momento de estatismo? Pues aquí se llega a lo frenético. No hay ni una sola aria en la que, mientras un personaje canta, no haya otro haciendo payasadas y distrayendo la atención del público. Yo, con mi manía de fijarme en quien está cantando, me perdí la mitad de las gracietas. Incluso los cantantes se ven forzados a realizar movimientos de todo tipo mientras cantan, y no es que lo que cantan sea fácil ni mucho menos. ¿Nos molestaban los ruidos que hacían los fureros en escena? Aquí un grupo de personajes vestidos con monos de trabajo se encargan de llenar de muebles ruidosamente un escenario, inicialmente vacío durante la obertura, que por cierto es lo más destacable de la obrita y que se ve seriamente perjudicada por el barullo general. A mí no me molestó ni el exceso de imágenes de la Fura ni su horror vacui, sin embargo ayer habría agradecido algo más de tranquilidad en la dirección de actores y sobre todo, una obertura silenciosa y con el telón bajado, que es como deberían ser todas las oberturas por decreto-ley.
Podéis leer la crónica de Atticus, tan completa y bien escrita como es habitual en él, pinchando AQUÍ.
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