Gran canción, lástima que sólo encuentre esta versión tan recargada y setentera.
I saw Jesus on the cross, on a hill called Calvary. "Do you hate mankind for what they've done to you?" He said: "Talk of love, not hate. Things to do, it's getting late. I've so little time and I'm only passing through".
Estamos en Semana Santa y parece casi obligatorio recordar alguna de las grandes obras que a lo largo de la historia se han compuesto para recordar la pasión de Cristo. Vamos a apartarnos un poco del camino más trillado y a buscar una pieza poco escuchada fuera del Reino Unido pero que forma parte del repertorio coral inglés y de la liturgia anglicana durante esta semana. Estamos hablando de The Crucifixion, de John Stainer(1840-1901). Stainer fue organista en la catedral de St Paul y profesor de música en Oxford. Su labor compositiva se centró en la música religiosa, especialmente himnos para ser cantados en las parroquias. Los himnos eran interpretados por los propios feligreses o por pequeñas agrupaciones amateurs, por lo que debían ser simples en su construcción y fáciles de cantar. Stainer era un especialista en conseguir resultados conmovedores a partir de melodías simples.
La cantata The Crucifixion: A meditation on the Sacred Passion of the Holy Redeemer fue compuesta en 1887 con el fin de proveer a las parroquias rurales de música para los oficios de Semana Santa. En aquella época las pasiones de J.S. Bach acababan de ser redescubiertas y compartían con las obras de Haendel el gusto del público inglés, así que Stainer las tomó como base para su obra. Los recursos para los que está compuesta son los que había en las iglesias de la época, coro y órgano, además de un tenor y un bajo como solistas. Aunque la música de John Stainer pasó pronto de moda y ha sido muy criticada desde su muerte, The Crucifixion nunca cayó en el olvido y sigue interpretándose cada año por todo el Reino Unido.
El fragmento que vamos a escuchar, el más ambicioso de toda la obra, se titula Processional to Calvary y está descrito desde el punto de vista de un espectador cristiano que ve pasar a Cristo con la cruz. Copio y traduzco las palabras de Michael Temperley que acompañan a la grabación de Naxos que escucharemos a continuación:
Se oye a Cristo y sus seguidores acercándose durante la larga introducción del órgano en La menor: primero una tranquila marcha que será el tema recurrente en la estructura de rondó, después (pasando al modo mayor) una melodía lírica acompañada por acordes que se repiten, al estilo de los lieder. El coro entra durante la siguiente exposición del rondó con un perentorio "Fling wide the gates!", y aunque no hay ninguna mención a ninguna puerta en los relatos bíblicos, este grito es una forma efectiva de integrar el movimiento, que se repite como si los soldados se pasasen la orden unos a otros. El tema de las puertas se funde con el tema del rondó y va cambiando de tonalidad hasta que el tenor nos devuelve el tema lírico, en la remota tonalidad de La bemol mayor: "How sweet is the grace of His sacred Face". Aquí el espectador consigue ver por un instante la cara de Jesús cuando éste pasa por delante de él, mientras que los ritmos de los que siguen marchando pasan a un segundo plano. Esta idea, quizá sugerida por el "Reconocimiento" en el Carnaval de Schumann, está plasmada aquí con gran belleza, pero inevitablemente la repetitiva marcha acaba desvaneciendo el sueño ("Then on to the end") y finalmente se pierde en la distancia de camino al Calvario.
Vamos a escuchar al tenor James Gilchrist y el coro del Claire College de Cambridge cantando esta pieza con Stephen Farr al órgano.
Ya hacía tiempo que quería dedicar una entrada al tenor Joseph Schmidt (1904-1942), poseedor de una voz extraordinaria y una historia de lo más curiosa. Schmidt nació en el seno de una familia judía de Davidende, ciudad que entonces pertenecía al Imperio Austro-húngaro pero que poco después pasó a ser parte de Rumanía y actualmente pertenece a Ucrania. Aunque su pasaporte era rumano, Schmidt siempre dijo que su auténtica nacionalidad era judío. Su idioma materno era el yiddish, aunque también hablaba hebreo, rumano, alemán, francés e inglés.
Desde pequeño, Joseph Scmidt mostró una gran aptitud para el canto, primero como miembro del coro en la sinagoga de Czernowitz y más tarde como cantor. A los veinte años decidió marchar a Berlín para estudiar canto y allí empezó su exitosa carrera como tenor de ópera. El suyo fue un caso muy curioso, pues su carrera no se desarrolló sobre las tablas, sino en los estudios de radio. Su corta estatura, menos de 1'50, le impedía representar papeles en los escenarios, nadie estaba dispuesto a contratar a un Manrico o a un Tamino que le llegase a la cintura a Leonora o Pamina. Para su fortuna, el inicio de su carrera coincidió con la popularización de la radio, donde la estatura era indiferente. Su voz de tenor lírico con gran facilidad para los agudos sonaba especialmente bien al ser captada por los micrófonos, al parecer mejor que la de otros cantantes con voces más bellas al natural, misterios de la tecnología. Entre 1929 y 1933, Schmidt cantó en más de 37 óperas para Radio Berlín, lo que le convirtió en un ídolo en el ámbito germánico, llegando a ser conocido como "el tenor del pueblo". Hay que destacar su gran versatilidad, pues su repertorio abarcaba desde papeles tan ligeros como el Almaviva del Barbiere hasta otros de mayor peso, como el Eleazar de La Juive, pasando por Manrico, Rodolfo, Vasco da Gama...
Gracias a su éxito radiofónico, Schmidt pudo debutar en el teatro con La Bohéme en 1939 y grabar varias películas. Una de ellas, titulada Una canción da la vuelta al mundo, fue pensada especialmente para él. En ella interpreta a un tenor que no puede empezar una carrera en los escenarios debido a su corta estaura y acaba triunfando en la radio, lo mismo que le pasó a él. Su popularidad creció aún más gracias a estas películas, pero su éxito no fue bien visto por el nazismo, en el poder desde 1933. Pronto se le prohibió actuar en Alemania y Austria, pero siguió cantando en Bélgica, Holanda y Francia con regularidad, aparte de recorrer toda Europa y EEUU en varias giras.
El estallido de la II Guerra Mundial le sorprendió en Francia. Tras un intento fallido de escapar a EEUU, acabó en el campo de refugiados suizo de Gyrenbad. Su debilitada salud no pudo soportar los rigores del internamiento y murió en 1942, a los 38 años.
Aquí podemos ver a Joseph Schmidt cantando Una furtiva lagrima, de L'elissir d'amore de Donizetti.
Veamos ahora un fragmento de la película Una canción da la vuelta al mundo en el que Schmidt canta un aria de L'Africaine de Meyerbeer, eso sí, en alemán.
Hace poco más de un año tuve ocasión de asistir a un concierto del octeto de violonchelos Conjunto Ibérico, casi por casualidad, porque acompañaban a Teresa Berganza, que es a quien yo había ido a ver. Me sorprendió entonces la calidad de esta peculiar formación, capaz de sonar como una orquesta de cámara a pesar de la falta de variedad instrumentística. Esta semana he recibido su último disco hasta la fecha, Pasión Argentina, en el que tocan piezas de Piazzolla, Ginastera y Guastavino, casi siempre acompañando a la mezzo Elena Gragera, aunque hay dos piezas instrumentales, Pampeana nº2 y el Ballet Estancia, ambas de Ginastera.
El Conjunto Ibérico fue fundado por su director, Elías Arizcuren, famoso violonchelista y fundador del Trío Mendelssohn, en 1989 y desde entonces se ha convertido en una referencia en la música de cámara a nivel mundial, siendo dedicatarios de composiciones de autores tales como Xenakis, Halffter, De Pablo, Denisov, Bussotti, Pärt, Boulez, Kagel y Glass entre otros. Además de estas nuevas composiciones, su repertorio se basa en reducciones para ocho chelos de obras compuestas para otra instrumentación, que es lo que nos encontramos en Pasión Argentina.
Escuchemos ahora al Conjunto Ibérico en dos de las piezas de éste disco. Primero en una milonga de Astor Piazzolla cantada por Elena Gragera, El Títere, y después en el último movimiento del Ballet Estancia, Malambo.
Ayer el contratenor Philippe Jaroussky y la soprano Nuria Rial cantaron una selección de piezas de Haendel en el Palau de la Música de Valencia. No voy a hablar acerca del concierto porque todo lo que podría decir ya lo ha dicho maac en su blog, pero sí me gustaría recordar algunas de las arias que escuchamos, como esta Mi lusinga il dolce affetto, perteneciente a la ópera Alcina.
Un gran concierto que tuvo también la ventaja de que nos permitió a los valencianos y al almassorí adjunto, que es un servidor, conocer a Mei, quien además de tener uno de los blogs referenciales en lo musical es un encanto de persona.
Últimamente estamos todos barrocos perdidos, por mí que dure.
Como prometí al acabar el repaso a los cuatro discos oficiales de The Velvet Underground, voy a dedicar unas entradas a diversas rarezas del grupo neoyorquino. Empezamos hoy con unas canciones grabadas en 1965 en el desván de Manhattan en el que vivía John Cale. El grupo todavía estaba en proceso de formación, aún no tenían a nadie a la batería y John Cale aún no se había comprado el bajo. La grabación casera incluye seis canciones, algunas de las cuales acabarían formando parte del primer disco de la Velvet: Venus in Furs, Prominent Men, Heroin, I'm Waiting for the Man, Wrap Your Troubles in Dreams y All Tomorrow's Parties. Aunque el sonido es bastante malo y se oyen ruidos de fondo procedentes de la calle, para los seguidores de la Velvet es muy curioso saber cómo eran originalmente las canciones de la primera época del grupo, por lo que el documento tiene mucho valor.
Empezaremos escuchando la primera de todas, Venus in Furs, en una versión muy distinta a la que acabaría apareciendo en el primer disco. Aquí es John Cale y no Lou Reed quien pone la voz, consiguiendo un efecto hipnótico que recuerda más a un canto ritual que a una canción pop.
La siguiente canción es Prominent Men, que nunca llegó a formar parte del repertorio del grupo. Esta canción nos muestra una temprana inluencia de Lou Reed: Bob Dylan. Como curiosidad, en esta canción Lou Reed también toca la armónica, en el más puro estilo dylaniano.
Para acabar, escucharemos I'm Waiting for the Man tal y como nació, desprovista de toda la agresividad con la que apareció en el disco oficial. Aunque estamos acostumbrados a escuchar esta canción como una especie de atentado sonoro proto-punk, en su versión primitiva era un blues de lo más clásico.
En 1920, tras el fallecimiento de su esposa, un maduro Edward Elgar compone el elegíaco Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, Op. 85, una obra que empieza con el sonido de la desesperación y recorre todas las facetas de la tristeza y la melancolía. Según comentan algunos autores, Elgar no pretendía sólo plasmar su dolor ante la pérdida del ser querido, sino también mostrar la desolación en que le había sumido la recién terminada Gran Guerra. Elgar había visto como todos sus valores desaparecían, caían ante la cruel barbarie bélica. Ya no había nada en qué creer, nadie en quien confiar, y por encima de todo eso pesaba la terrible sensación de que todo aquel sufrimiento no había servido para nada, de que el hombre seguiría matando y de que a esta guerra la seguiría otra. Desgraciadamente, la historia le dió la razón poco después y se la continúa dando cada día. Hoy también.
Jacqueline Du Pré interpreta el primer movimiento del Concierto para violonchelo de Elgar. Dirige Daniel Barenboim.